jueves, 26 de marzo de 2020

Del 11M al 8M: la mentira que también mata / Manuel Cerdán *

“Los ciudadanos españoles no se merecen un Gobierno que les mienta”. La frase fue acuñada el 13 de marzo de 2004 por el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba tras el atentado yihadista del 11M, que segó 198 vidas en Madrid. El inventor de la máquina de mentir se lamentaba durante la jornada de reflexión, un día antes de que los españoles depositaran su voto en las urnas, de la ambigüedad de José María Aznar sobre la autoría del atentado. Al mismo tiempo, los socialistas invitaban a los suyos a tomar la calle contra el Gobierno de los ‘populares’.

Sucedía que, como se pudo constatar en la Comisión de Investigación del 11M, que la Policía confundió nada más producirse la masacre el tipo de explosivo utilizado en los trenes de Atocha con la marca Titadyne que solía usar ETA. En medio de la crisis, además, el director del CNI, Jorge Dezcallar, el sábado 13 por la mañana, seguía confundiendo por escrito al presidente del Gobierno al decirle que sus agentes no descartaban la autoría de ETA. Sin embargo, al mismo tiempo, confiaba en secreto a Rubalcaba que había sido Al Qaeda.

El director del CNI, el mismo sábado, manifestaba por teléfono a Eduardo Zaplana, entonces portavoz del Gobierno, que “la opción mayoritaria se inclinaba por ETA” y que “los servicios secretos británicos afirmaban que la pista más fiable era ETA”. Un sinsentido porque la Policía ya había identificado a algunos de los marroquíes implicados en la masacre.


José María Aznar, que había nombrado al jefe de los espías, comentó tiempo después que jamás perdonaría la felonía de Dezcallar. No le disculparía jamás haber despistado a su Gobierno y haber alimentado la confusión hasta horas antes de las votaciones.

Rubalcaba, aún conociendo  desde horas después del atentado por un sector de la Seguridad del Estado lo que se cocía tras el 11M, inoculó su slogan entre la ciudadanía que salió a la calle y organizó la cacerolada ante la sede del PP de Génova. Uno de los agitadores en la primera línea de la manifestación era un joven izquierdista llamado Pablo Iglesias, ya con coleta, que pasaba desapercibido porque nadie sabía quién era.


Ni que decir tiene que los socialistas dieron un vuelco electoral con un candidato desconocido llamado José Luis Rodríguez Zapatero. Y con ZP llegaron a la primera línea de la política los actuales responsables del desaguisado del coronavirus y de la necedad de sus medidas: la cordobesa Carmen Calvo – ¡ministra de Cultura!-  y un imberbe Pedro Sánchez que, de la mano de José Blanco, lograba una plaza de profesor en la Universidad Camilo José Cela, una tesis fake y dos suplencias en el Congreso de los Diputados. Todo un récord para su simpleza.

Mentiras y gordas
Rubalcaba, el portavoz por excelencia de las trolas del felipismo sobre los GAL, el responsable del caso Faisán y uno de los creativos de la “campaña Doberman” contra el PP, facilitaría años después la caída de Mariano Rajoy con una inconcebible sentencia sobre la operación Gürtel. El edificio de Gobelas, donde se ubicaba el cuartel electoral del PSOE, se convertía en un fortín de propaganda que podría haber sido bautizado como ‘zona Goebbelas’.

Y aquellos polvos de la Gürtel, diseñada en 2009 por el entonces ministro del Interior, Pérez Rubalcaba, y el DAO de la Policía, Fernández Chico -uno de los comisarios de la generación de los “pablitos”- trajeron estos lodos. El aparato rubalcabista sentaba las bases para que nueve años después Pedro Sánchez tomara La Moncloa tras su moción de censura, apoyada por independentistas y filoterroristas.

Pero como las apoplejías históricas son cíclicas y la Historia se muestra siempre de manera caprichosa, Sánchez también se enfrenta ahora a su 11M que, con un menos 3 (de mentira, estulticia e indecencia), da como resultado: un 8M, la fecha de la manifestación feminista que nunca debió celebrarse y que, con la anuencia de Sánchez y todo su Gobierno, fue una catapulta para la propagación del coronavirus.

Era tal el ansia de los movimientos feministas del PSOE y Podemos, cada uno con su pancarta al frente de la manifestación, que el Gobierno se doblegó a retrasar las medidas de contención del Covid-19. Las Calvo, Montero, Gómez, Celaá y Darias, entre otras, tomaron las calles de Madrid en medio de la pandemia. En el resto de España, miles de feministas emularon a sus líderes y también se convirtieron en propagadoras del virus. Mientras, La Moncloa y sus portavoces -a quienes catalogan de científicos y técnicos- afirmaban días antes del 8M: “Nos seguimos manteniendo en una situación de contención” y “No es necesario ahora en España elevar el nivel de alerta”.

La miembra del Gobierno Irene Montero arengaba a las mujeres para “una gran movilización diversa en la que salgamos millones de mujeres a la calle como lo hemos estado haciendo en los últimos años”. Y la vice Calvo las invitaba a la movilización con una frase que se ha hecho histórica: “¿Qué le les diría? Que les va la vida”.

¡Y tanto que les iba la vida! Mientras escribo estas líneas, con indignación e impotencia, ya han muerto en España por el maldito Covid-19 más de 4.000 personas. Me entran ganas de vomitar cuando recuerdo el slogan de una de las pancartas feminazis: “El único virus peligroso es tu machismo”.

Y para salir adelante, como pollo sin cabeza, el Gobierno ha optado por la vía de la mentira. Aún a sabiendas de que la mentira también mata, sobre todo cuando se demora la lucha contra la pandemia por razones espurias.

El retraso deliberado de la declaración de alerta nacional para no suspender la parada feminista provocó que decenas de miles de madrileños abandonaran la capital y se desplazaran a sus segundas viviendas en las playas del Mediterráneo, que se celebrara la jornada de la Liga de Fútbol y otros deportes, que no se suspendiera la mascletá de Valencia, que se desplazaran de Italia a territorio español miles de ciudadanos o que ese fin de semana estuvieran a rebosar bares y restaurantes. El resultado ya lo conocen: cerca de 50.000 contagiados. Una iniquidad que merece ser investigada por la vía penal.

Y en medio de tanta indignidad -sin test, mascarillas, guantes, respiradores, trajes de protección, y triajes en los hospitales que actúan como una ruleta rusa- el Gobierno sigue enrocado en la mentira. Sigo a la espera de que Sánchez, que se ha convertido en el rey del plasma televisivo, tenga unas palabras de autocrítica. ¿Se acuerdan ustedes cuando PSOE e IU exigían a Aznar que pidiera perdón a los españoles por la Guerra de Irak? Pues, deberían probar su propia medicina.

Si comparamos las mentiras del 11M y las del 11M menos 3 destaca un elemento que las distingue. La policía antiterrorista del ministro del Interior Acebes y del presidente Aznar, entre el 11 y 13 de marzo, llevó a cabo una lucha implacable para desarticular el comando yihadista que había cometido el atentado. Aquellos agentes y sus jefes, que eran votantes del PP, sabían que con sus investigaciones iban a propiciar la victoria de los socialistas en las urnas. Pero, como ahora los sanitarios en los hospitales, trabajaron día y noche para encontrar y detener a los asesinos. Y así fue. 

Ya en la madrugada del viernes 12, los agentes localizaron una mochila con un móvil que aportó la pista para localizar a los indios que habían vendido los teléfonos a unos marroquíes. El comisario que había dirigido las pesquisas me dijo en aquellos momentos: “Si me hubiera tragado la tarjeta del móvil, cuando me lo entregaron en una bolsa, o hubiera retrasado la investigación un par de días, el PP no habría perdido las elecciones”.

¿Por qué no lo hizo? Porque los terroristas seguían sueltos y podían perpetrar otra masacre. Anteponía el interés general y la seguridad de los españoles por encima de cualquier estrategia política. Y así se lo explicó meses después al ministro del Interior de ZP, José Antonio Alonso, cuando visitó las instalaciones policiales de Canillas: “Usted está aquí por la Policía del PP, que su partido ahora tanto denigra. Hicimos con responsabilidad y sentido de Estado nuestro trabajo durante el 11-M a sabiendas de que iban a ganar las elecciones. Pero detuvimos a los terroristas en un tiempo récord y salvamos muchas vidas”.

Ahora, el Gobierno de Sánchez, tras la manifestación del 8M, recoge el fruto de su vil cosecha: se ve impotente ante el coronavirus porque la mentira también mata.


(*) Periodista y profesor


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