miércoles, 8 de mayo de 2019

El futuro son los "empleados digitales" y la semana laboral de tres días

NUEVA YORK.- El futuro del mercado laboral está en los "empleados digitales", programados con Inteligencia Artificial (IA), que abrirán la puerta a una semana laboral de solo tres jornadas, según los expertos participantes en un encuentro sobre esta tecnología celebrado este miércoles en Nueva York.

La preocupación por el impacto que la automatización y las tareas programables es un runrún habitual cuando se trata la IA, ya que sus detractores aseguran que supondrá una mayor destrucción de empleo que una creación de nuevas oportunidades laborales, algo discutido por los participantes en la tercera edición del Encuentro de Empleados Digitales.
Esta cumbre, que reunió en Nueva York a lo más granado del mundo tecnológico, estuvo auspiciada por la empresa IPSoft, líder en el desarrollo de interfaces de IA como Amelia, un software conversacional con "capacidades similares a las de los humanos" que funciona como un agente de enlace entre las empresas y el cliente final, generalmente para la resolución de dudas.
Sin embargo, a diferencia de los "chatbots" habituales, Amelia cuenta con una mayor capacitación contextual y flexibilidad que le permiten conversar fluidamente con los consumidores sin que sean conscientes de que la joven que responde sus dudas es un programa informático.
Para el consejero delegado de IPSoft, Chetan Dube, Amelia no pone en peligro el futuro del empleo, sino que supone un cambio en la cultura del trabajo donde se tendrá que apostar por funciones más creativas en detrimento de las rutinarias que serán ejecutadas por robots.
De hecho, su software permite "entrevistar" a estos candidatos computacionales para ofertas de trabajo, con 670 perfiles diferentes para tantas habilidades como ofrecen estos empleados en sectores que abarcan desde el bancario, los seguros o las telecomunicaciones.
"¿Cómo empezamos a educar a las mentes más lúcidas de que deberíamos empezar a hacer trabajos más creativos?", se pregunta Dube.
"¿No deberían las máquinas trabajar para nosotros? Dejar que las máquinas trabajen y que el hombre disponga de mayor libertad para dedicarse a lo artístico", asevera el fundador de esta compañía en 1998.
Según Dube, el empleo de la Inteligencia Artificial en estas tareas rutinarias supondría un aumento del producto interior bruto mundial del 40 %, ya que trabajan veinticuatro horas, los siete días de la semana: "Debemos pensar cómo redistribuir esa nueva riqueza. Eso me preocupa. Debemos preguntarnos cómo evitar que quede en unas pocas manos".
En este último asunto coincide el profesor de la Universidad de Stanford (California), Christopher Manning, uno de los mayores expertos académicos en el campo del aprendizaje para máquinas y la inteligencia artificial.
"Hay dos asuntos que deben preocuparnos: el primero es que la velocidad del cambio se está acelerando y cada vez cuesta más a los humanos adaptarse a este nuevo entorno. El segundo es redistribuir estos beneficios, reinventar la manera en que funciona el mundo", reflexiona el docente de Ciencia computacional.
Si bien la preocupación es necesaria, afirma el académico, la inclusión de la Inteligencia Artificial no va a suponer solo desventajas, sino que podría suponer un nuevo entorno para las relaciones laborales.
"Creo que la actitud es ver que la tecnología mejora la vida de la gente. Si lo peor que puede pasar es que tengamos que ir hacia una jornada laboral de tres días porque la mayor parte del trabajo estará automatizado, eso no será algo malo, las vidas serían incluso mejores", explica el profesor.
Para ello, pone como ejemplo un desarrollo tecnológico que cambió por completo toda una profesión: las hojas de cálculo, que ahorraron muchísimo tiempo a los contables, tanto como para desarrollar nuevos métodos que a su vez aumentaron el empleo en el sector.
El encuentro incluyó las ponencias de representantes de empresas punteras en innovación en este campo, como Telefónica, Bank of America, BNP Paribas o Deloitte.
Telefónica, por ejemplo, comenzó a implantar agentes digitales en su servicio de atención al cliente en Perú y en ocho semanas ya han atendido 100.000 llamadas, aunque esperan que para finales de julio atiendan alrededor de 250.000 diarias, lo que fue expuesto como un caso de éxito en este evento.
"Somos muy humildes con esto, estamos aprendiendo mucho durante estos años", afirmó ante la audiencia de la jornada el director global de centros de contacto de la firma, Gonzalo Gómez Cid.

La AP-APAL y el CPPA reiteran que “Sin preguntas, no hay cobertura informativa”

ALMERÍA.- La Asociación de Periodistas – Asociación de la Prensa de Almería (AP-APAL) y el Colegio de Periodistas de Andalucía, demarcación territorial de Almería (CPPA Almería), han difundido un comunicado después de que en la presentación de la candidatura de Vox a las elecciones municipales no se admitieran preguntas de los periodistas.

El texto del comunicado dice:

La Asociación de Periodistas – Asociación de la Prensa de Almería (AP-APAL) y el Colegio de Periodistas de Andalucía, demarcación territorial de Almería, ante la negativa de políticos y personajes públicos a dar respuesta a preguntas formuladas desde el ejercicio profesional del periodismo, como la acción llevada a cabo por dirigentes de VOX en la presentación de su candidatura a las Municipales en Almería, reitera la serie de recomendaciones que la AP-APAL ya ha realizado en ocasiones anteriores tanto a periodistas como a medios de comunicación y que se resumen en que “Sin preguntas, no hay cobertura”.

La Asociación de la Periodistas-Asociación de la Prensa de Almería (AP-APAL) y la demarcación territorial del Colegio de Periodistas de Andalucía (CPPA Almería) proponen las siguientes medidas:

1.- No acudir a ninguna convocatoria informativa que no incluya en su formato un turno de preguntas y denunciar cualquier caso de vulneración de la libertad de expresión, los derechos de informar y los derechos del informador.

2.- Sin la posibilidad de preguntar, el formato es de “declaración”, y esta circunstancia debe advertirse previamente tanto para que los periodistas valoren atenderlo o no como para que los medios de comunicación actúen en consecuencia considerándolo información remitida por un gabinete o bien como publicidad tarifada.

3.- Cuando se den este tipo de prácticas, los periodistas deben hacer constar en sus informaciones y en lugar preferente el formato y las circunstancias de cada caso, así como el texto de las preguntas que hubieran querido formular y no les fueron admitidas.

4.- El periodista puede advertir en su información, como dato relevante para el ciudadano, que el personaje de la información no suele admitir preguntas.

5.- Las notas de prensa y las imágenes facilitadas por la fuente de la información deben llegar a los ciudadanos con precisión de data, procedencia y contexto. No debe hacerse pasar como propio todo lo que sea material de la fuente.

6.- Invitamos a las empresas a suscribir asimismo estas recomendaciones y a expresar, ante los posibles casos que pudieran darse, el apoyo a sus profesionales y a la defensa de las libertades y derechos. Asimismo exigimos a Vox que no vuelva a repetir la falta de respeto demostrada en esta ocasión a los periodistas que acudieron a la presentación y que de ahora en adelante señale en sus convocatorias su disponibilidad o no a responder las preguntas de los periodistas.

El pulso China-EE.UU. retrasa el cambio monetario / Guillermo Herrera *

Tenemos una idea demasiado tradicional de lo que es una guerra mundial, pero en un mundo en donde la economía lo es todo y lo mueve todo, una guerra comercial entre dos potencias como China y Estados Unidos nos puede hacer mucho daño a todos, aunque no haya sangre. Los bombardeos apenas han comenzado, pero la guerra ya ha sido declarada.

Las medidas proteccionistas tomadas por los gobiernos de Donald Trump y Xi Jinping podrían desatar una reacción en cadena de consecuencias imprevisibles. Es un conflicto que tiene en vilo a la economía mundial.

A pesar de todo el Presidente Trump siente debilidad por los líderes autoritarios y ha expresado sus simpatías por Xi Jinping, de quien elogió su decisión de perpetuarse en el poder mediante una reforma constitucional.

DAÑOS COLATERALES
En las peleas entre elefantes, la que más sufre es la hierba que hay debajo de ellos, por lo que las víctimas colaterales que nos perjudicamos con esta guerra somos el resto de los países del mundo, ya que las medidas proteccionistas entre ambas potencias pueden desatar una reacción en cadena de consecuencias imprevisibles, y retrasar reinicio del sistema financiero cuántico QFS del que tanto hemos hablado.

Esto es un desastre como el de las Torres Gemelas aunque no sean tan espectacular. La Bolsa se resiente, y las industrias afectadas en cada lado del Pacífico contienen el aliento, aunque las consecuencias del enfrentamiento de las dos mayores economías del mundo son globales.

Un conflicto de alto nivel parece lejano por ahora, y esto se debe a que China viene respondiendo con cierta cautela siguiendo la típica prudencia china de Confucio. La verdadera amenaza sería que se decidiera a actuar con fuerza, lo cual podría desatar un efecto dominó.

Que no se llegue al punto de una guerra de aranceles a escala mundial, no significa que las tensiones comerciales que se están registrando sean inocuas. Por el contrario, las consecuencias de que continúen el ruido, las acusaciones y algunas medidas aisladas pueden ser muy negativas.

Hace unas semanas, en su giro proteccionista, el Presidente Trump llegó a anunciar aranceles al acero de socios como la Unión Europa, Canadá y Méjico, aunque luego los eximió. Como represalia, la Unión Europea, por ejemplo, estaba dispuesta a imponer aranceles sobre las motocicletas Harley-Davidson, el whisky Bourbon y los pantalones vaqueros Levi’s.

GUERRA COMERCIAL
Una guerra comercial es un posible resultado del proteccionismo. Describe una situación en la que los países toman represalias contra un país que impone barreras comerciales como aranceles y cuotas de importación. Esto podría dar inicio a una cadena de respuestas de “ojo por ojo, diente por diente” que aumentan las tensiones mundiales. Pero el problema del “ojo por ojo” es que al final todos nos quedamos tuertos.

La guerra económica entre China y Estados Unidos es un conflicto comercial iniciado en marzo de 2018, después de un anuncio realizado por el Presidente Trump, consistente en la intención de imponer aranceles de 50.000 millones de dólares a 1.300 productos chinos, argumentando un supuesto historial de prácticas desleales de comercio y de robo de la propiedad intelectual.

El objetivo es proteger a la industria nacional apoyando a los fabricantes estadounidenses de acero y aluminio. La esperanza es que a medida que el acero y el aluminio de otros países se vuelven más caros, debido a los nuevos impuestos, más empresas recurrirán a los fabricantes estadounidenses de acero y aluminio para satisfacer la demanda.

En represalia, el gobierno de la República Popular China impuso aranceles a más de 128 productos estadounidenses, incluyendo en particular la soja, una de las principales exportaciones de Estados Unidos a China.

Un arancel es un impuesto o tributo que el gobierno asigna a una clase de bienes importados (los aranceles sobre las exportaciones son muy raros). En teoría, esto hace que los productos extranjeros sean más caros y, por lo tanto, menos deseables para los consumidores, impulsando a los fabricantes nacionales del producto, que no tienen que pagar el impuesto.

EE.UU. es el segundo mayor exportador del mundo pero su déficit comercial alcanzó los 556.000 millones de dólares en 2017, el máximo desde 2008. China está detrás del grueso de este desfase, con 375.200 millones, y aprovecha unas reglas de juego que Washington no ve justas.

GUERRA PERDIDA
“No estamos en una guerra comercial con China; esa guerra se perdió hace muchos años por las personas tontas o incompetentes que representaban a EE.UU.”, dijo Trump en Twitter. “Ahora tenemos un déficit comercial de 500.000 millones al año, con robo de propiedad intelectual de 300.000 millones. ¡No podemos permitir que continúe!”, agregó.

“China es un enemigo económico y se aprovechó de nosotros como nadie en la historia. Es el mayor ladrón del mundo. Se llevó nuestros empleos,” decía Donald Trump en una entrevista con “Good Morning America”, el 3 de noviembre de 2015.

Por su parte, el portavoz del Ministerio de Exteriores Chino, Geng Shuang dijo que “ningún intento de poner a China de rodillas a través de amenazas e intimidación nunca ha tenido éxito en la historia, y tampoco lo tendrá en esta ocasión”. China, dijo, está dispuesta a dialogar en materia comercial, “pero la oportunidad de consultas y negociación ha sido omitida por EE.UU. una y otra vez.”

Si China toma represalias, podría centrarse en la electrónica de consumo, lo que perjudicaría a Apple, o a los semiconductores, lo que a su vez perjudicaría a los fabricantes de chips estadounidenses como Qualcomm e Intel.

SIGNOS DE ESPERANZA
Mientras las autoridades estadounidenses acusan a China de obligar a las empresas a transferir sus tecnologías, las empresas del país norteamericano desean seguir cooperando con China y el crecimiento de sus inversiones comprueba esta suposición. El viceministro de comercio de China, Wang Shouwen, comunicó que la afluencia de capital en China procedente de EE.UU. aumentó un 65% en el primer trimestre del 2019.

Varias fuentes cercanas a las negociaciones, confirmaron a los medios occidentales de que las partes alcanzaron un gran progreso en la resolución de casi todos los problemas. EE.UU. ha suavizado la demanda de que China reduzca los subsidios industriales, como condición para lograr un acuerdo comercial, después de una fuerte resistencia de Pekín. EE.UU. suaviza su posición para no dejar que las negociaciones lleguen a un callejón sin salida.

Actualmente, en un ambiente de concesiones mutuas, está cada vez más claro el futuro del acuerdo. Además, hay avances en otro tema controvertido de las negociaciones comerciales: la creación de un mecanismo para vigilar la implementación de los acuerdos.

INVERSIONES
Distintas empresas extranjeras están listas para invertir sus recursos en China. El fabricante alemán de automóviles BMW lanzó la producción de la versión eléctrica del todo terreno X3.

La empresa surcoreana LG planea invertir más de mil millones de dólares en China para ampliar en 2020 dos plantas especializadas en la producción de acumuladores para vehículos eléctricos.

La empresa estadounidense Tesla espera completar la construcción de su planta en Shanghai en tres o cuatro meses, mientras que la petrolera ExxonMobil firmó un contrato que prevé organizar suministros de gas natural licuado por un plazo de veinte años. Esperemos por lo tanto que los empresarios arreglen lo que no son capaces de arreglar los políticos.


(*) Periodista



domingo, 5 de mayo de 2019

La Asociación de la Prensa de Almería celebra su 88º aniversario en el Día de la Libertad de Expresión


ALMERÍA.- Más de 70 periodistas han sido protagonistas este fín de semana de una convivencia lúdica excepcional donde ha habido ocasión para la emoción, la alegría, el compartir sanamente unas horas, saborear los productos de la tierra magníficamente elaborados; pero, sobre todo, para reivindicar la importancia del periodismo en una sociedad democrática, apostar por las buenas prácticas, hacer autocrítica y exigir los espacios de libertad necesarios para que la profesión se pueda ejercer con independencia, dignidad y honestidad. Un ¡Viva el Periodismo! refrendó las cuatro horas de convivencia que sirvieron también para reconocer la trayectoria y dedicación al oficio de una decena de profesionales.

Reconocimientos y reivindicaciones

La periodista Chelo Rodríguez Martínez presentó el acto de forma magistral destacando en sus palabras la represión intensa que en muchos países hay hacia el periodismo, “indigna cuando se trata de una democracia como la nuestra“. 
“La desinformación, muchas veces interesada, en forma de bulos a través de las redes sociales, se suma a la dificultad de muchos periodistas que padecen la precariedad laboral y, en consecuencia, la tarea casi imposible de ejercer la profesión con libertad y con profesionalidad. Se hace necesario, imprescindible, salir de este bucle de desprestigio en el que estamos inmersos“, a base de buen periodismo, destacó Rodríguez Martínez.

El 88º aniversario de la Asociación de la Prensa de Almería fue aprovechado para distinguir a miembros de la entidad. A quienes durante 20 años de forma continuada han permanecido en el seno de la asociación, es norma reconocer su dedicación a la profesión, lo que se hizo en esta ocasión con un trofeo representado por un tintero con una pluma, tradicionalmente símbolos del periodismo. 
Lo recibieron por este orden Clara Aznar Trabalón, María José Crisol Teruel, María José López Díaz, Fernando Cuadrado Aznar, María Jesús Sáiz Díaz, Covadonga Porrúa Rosa y Manuel Gutiérrez Navas. Hicieron la entrega los también periodistas Inmaculada Ramos, María Dolores Garcés, Pilar López, José Manuel Bretones, Fina Martín, María Jesús García Aguilar y María Dolores García Rodríguez.

María José López agradeció la distinción con orgullo porque representaba “veinte años de vivir intensamente el periodismo desde la resistencia” teniendo especiales palabras para quienes más la habián apoyado en esta trayectoria: sus padres, allí presentes; y las periodistas Tereixa Constenla y Fina Martín. 
También María Jesús Sáiz, que se desplazó desde Málaga, donde reside, para estar presente en el acto, agradeció “muy sinceramente” el reconocimiento, resaltando la intensidad con que ha vivido las dos décadas de periodismo que lleva no exentas de “dificultades“, que seguirán existiendo para las generaciones venideras.

Escudo de oro para Francisco Poveda y Yaddy González

A los socios vitalicios que llegan a la jubilación, la Asociación los distingue con su escudo de oro, máxima distinción que concede. Lo recibieron con singular orgullo y emoción Francisco Poveda Navarro, cerca de medio siglo de ejercio de la profesión en diferentes medios de comunicación desde que empezó con sus prácticas universitarias en “La Voz de Almería“. Después pasó por periódicos y radios de Alicante, Murcia, Valencia, Orense y Vigo. Actualmente mantiene el blog “Almería Confidencial” con ediciones similares en Alicante, Murcia y Valencia. Ha sido también profesor de la Universidad de Murcia. Recibió el escudo de manos del periodista Joaquín Tapia.

Covadonga Porrúa Rosa, expresidenta de la AP-APAL, impuso el escudo de oro a la periodista colombiana afincada en Almería en los últimos 23 años, Yaddy González González, quien también es abogada y que inició su carrera profesional en TV Caracol. En Almería ha estado ligada a ACL Radio de la Diputación de Almería, y a programas de interculturalidad de Canal Sur y Popular TV. Es presidenta de la Asociación de Colombianos “Almería para todos“. Yaddy dedicó el reconocimiento a su hija, María Antonieta, allí presente, y agradeció a la Asociación su ayuda en todo momento y la concesión del escudo. Destacó que “después de pasar el desierto y las dificultades” en su vida profesional y personal, “ahora estamos bendecidas“.

Y, el tercer escudo de oro corresponde a Francisco Gerez Valls. Un viaje programado con anterioridad ha impedido su presencia. Gerez ha dedicado al periodismo 47 años. Comenzó con las prácticas en los años 70 en La Voz de Almería, donde fue después redactor hasta el 17 de mayo de 1984, fecha en la que se subastó el diario. Desde esa fecha hasta 2016 ha sido jefe del gabinete de prensa del Gobierno Civil y después de la Subdelegación del Gobierno en Almería. Un todo terreno de la información al que se le entregará el escudo en un acto íntimo en la sede de la Asociación.

Covadonga Porrúa, trece años de fecunda labor

La Asociación de la Prensa que preside actualmente José María Granados, por acuerdo unánime de su junta directiva, quiso reconocer los trece años de fecunda labor de la que fue su presidenta hasta el pasado noviembre, Covadonga Porrúa. “Hasta su llegada nunca una mujer había presidido la Asociación de la Prensa de Almería y nunca un periodista almeriense había formado parte de una directiva de la FAPE. En sus 13 años como presidenta de esta Asociación ella ha logrado romper ese techo de cristal. Y lo ha hecho con tesón, con inteligencia y con generosidad. 
Ella tuvo claro siempre los principios que debían regir su camino y los objetivos por cumplir. Muchos de esos objetivos se lograron, otros no, pero nunca se ha rendido y nunca ha abandonado esos principios éticos que han conducido su camino y que se llaman honestidad”, dijo Chelo Rodriguez antes de que José María Granados entregara una placa especial de agradecimiento a Covadonga Porrúa, en medio de una gran emoción.

Porrúa agradeció el reconocimiento y tras repasar algunas de las muchas dificultades encontradas en el camino, como la crisis o el enfrentamiento con algunos políticos, se sentía muy orgullosa del equipo de personas que a lo largo de los trece años la habían acompañado en sus directivas porque “ninguno se ha aprovechado de la asociación” y siempre lo han dado todo a cambio de nada, con generosidad. Tuvo unas palabras de afecto y agradecimiento a su marido, el también periodista y profesor Benjamín Hernández Montanari.

¡Viva el Periodismo!

El presidente de la AP-APAL, José María Granados agradeció sinceramente la colaboración de los directivos, profesores y alumnos del IES Almeraya, que “con su trabajo han elaborado un espléndido menú” y han dado relevancia a la convivencia rescatada tras tres años que no se celebraba por dificultades económicas. 
Señaló la labor destacada de Covadonga Porrúa al frente de la Asociación desde 2005 “porque a pesar de que le tocó vivir momentos muy difíciles, como la crisis, mantuvo lo bueno de lo conseguido en la entidad” y supo impulsar nuevas iniciativas como la del Premio Internacional de Periodismo Colombine “del que hoy nos sentimos muy orgullosos y es reconocido a escala internacional“. 
Concluyó haciendo un llamamiento a los periodistas jóvenes de la asociación para que mantengan la antorcha prendida y tomen las riendas de una entidad camino del centenario. Felicitó a todos por el 88º aniversario y concluyó con un ¡Viva al Periodismo! refrendado unánimemente por los presentes.
Al comienzo y al final de la convivencia fueron leídos los manifiestos del Día Mundial de la Libertad de Prensa elaborados por el Colegio de Periodistas de Andalucía, centrado en la comunidad autónoma andaluza, y la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), a la que pertenece la AP-APAL. 
María José López, presidenta del CPPA Almería, y Yandira Villegas, secretaria general de la AP-APAL, leyeron las declaraciones.

miércoles, 17 de abril de 2019

David Jiménez: “El gran fracaso de la prensa fue convertirse en parte del sistema que debía vigilar”


MADRID.- En su primer encuentro con un David Jiménez recién nombrado director de El Mundo, el entonces ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, le hizo una pregunta y le lanzó un aviso. Aquella fue “¿podemos contar con vosotros?”, mientras este alertaba de que España se enfrentaba a enemigos peligrosos. El político cerró el diálogo con una sentencia: “No son tiempos para la neutralidad”. 

Era 2015 y faltaban pocos meses para las elecciones generales del 20 de diciembre. El Partido Popular quería amarrar la victoria y revalidar a su candidato, Mariano Rajoy, como inquilino de La Moncloa, pero los continuos escándalos por casos de corrupción y los sondeos favorables a Podemos eran obstáculos serios. Había que combatir la indecisión del electorado mandando un mensaje claro. “La Razón y ABC no nos preocupan. 
Ya sabemos que están con nosotros y dirán que todo lo hacemos estupendamente. Pero vosotros podéis decidir las elecciones, ahí están los indecisos, en El Mundo”, aseguró el ministro al director del diario. La alusión a la no neutralidad de estos tiempos es algo que Jiménez volvió a escuchar en boca de otros ministros en varias ocasiones.
El párrafo anterior es uno de los pasajes más reveladores que se pueden leer en El director, el libro en el que Jiménez airea cuestiones escabrosas relativas al triángulo de amor bizarro entre prensa, poder y capital que marcaron su año al frente de El Mundo. 
La publicación no podría haber encontrado mejor momento, ya que la declaración de Pablo Iglesias en la Audiencia Nacional el 29 de marzo como perjudicado en el caso Tándem, la causa contra el comisario José Manuel Villarejo, por el robo del teléfono móvil de una persona de su equipo ha insuflado nuevos bríos al conocimiento de la existencia de una trama que, desde el ministerio encabezado por Fernández Díaz, proveía de información falsa sobre los partidos de la oposición, particularmente Podemos, que era filtrada por policías a medios que no hacían ascos a su publicación y le concedían trato preferencial en sus portadas. Jiménez reconoce que escuchó por primera vez el nombre de Villarejo al poco de asumir la dirección del periódico y que dos de los reporteros le contaron que, desde hacía al menos dos décadas, era “una de las principales fuentes de El Mundo y facilitador de la mayor parte de nuestras exclusivas”. 
El director, publicado por Libros del K.O., tiene pinta de convertirse en el fenómeno editorial de la temporada. El adelanto lanzado por El Confidencial y el enganchón entre la periodista Ana Pastor y Pablo Iglesias en el programa El Objetivo a cuenta de unas presuntas amenazas del partido morado a la prensa que supuestamente aparecen en sus páginas —ni rastro de ellas, una vez leído— han generado ese salivar ante la aparición de un título prometedor que hará ruido y que podría acarrear a la editorial una odisea como la que sufrió el año pasado con el secuestro judicial de Fariña, el libro de Nacho Carretero sobre el narcotráfico en Galicia. 
Porque lo que cuenta es tremendo y afecta a terminales muy sensibles. Nada novedoso, a qué negarlo, para quien haya trabajado algún tiempo en la redacción de cualquiera de las principales cabeceras de prensa pero sí muy impactante para el resto, que en sus páginas puede confirmar intuiciones nunca hasta ahora presentadas en público como certezas por alguien que ha ostentado la mayor responsabilidad en una de las grandes fábricas de realidad —de sus marcos, de lo que se puede o no hablar y desde donde— en este país.
Lo que relata Jiménez resulta obsceno, por impúdico y por ser lo que permanece alejado del proscenio, oculto a la vista del espectador: la injerencia descarada y sin filtro de grandes empresarios y políticos en el trabajo cotidiano de un director de periódico. 
Las líneas editoriales y la información publicada como resultado de un intercambio de favores en las alturas y también de un juego de la silla en el que —ay— siempre gana el más poderoso. Quien paga manda, y quien manda quiere mandar más. 
 Por descontado, la denuncia de lo que Jiménez coloca ahora en el escaparate lleva muchos años constituyendo la razón de ser para proyectos comunicativos como El Salto, diametralmente opuestos a esos modos de hacer y por ello condenados a la invisibilidad, la irrelevancia y la subsistencia sin más red que las personas suscritas. Pero esa es otra historia. O la misma, en verdad, aunque contada desde un lugar bien diferente.
A finales de abril de 2015, tras más de quince años como corresponsal en Asia y otro posterior becado por la Universidad de Harvard, Jiménez aterrizó en la dirección de un periódico herido por varios expedientes de regulación de empleo, con las ventas cayendo en picado y sin la influencia política de la que había presumido bajo la mano de su fundador, Pedro J. Ramírez, fulminado en enero de 2014 por Antonio Fernández-Galiano, presidente de Unidad Editorial, grupo empresarial propietario de El Mundo cuya matriz es el conglomerado italiano RCS MediaGroup. Un cese que Ramírez achacó a las presiones del Gobierno de Rajoy por la publicación en el diario de las informaciones relativas a los papeles de Bárcenas.
En el hotel Marriott East Side de Nueva York, Fernández-Galiano propuso a Jiménez ser el nuevo director, sustituyendo a Casimiro García Abadillo, quien había sucedido a Ramírez apenas un año antes. Una oferta acompañada de la promesa del apoyo, los medios y el tiempo que la empresa le brindaría para remozar El Mundo. 
Aceptó, se convirtió en el “más improbable de los directores de periódicos” y pronto barruntó que lo que le aguardaba desde La Segunda, como llama en el libro a la planta directiva de Unidad Editorial, eran recortes presupuestarios, chantajes y abrazos más falsos que los informes elaborados por la policía política.
Jiménez reconoce que no era la persona más idónea para el cargo —“nunca había gestionado un equipo y no tenía el número de teléfono de ningún político o empresario del país”— y no disimula su desdén por los despachos, incluido el de dirección de El Mundo, que describe como “uno de los mayores centros de influencia del país, cortejado por reyes y jueces, ministros y celebridades, escritores y cantantes, caciques y conseguidores”. 
Pero en pocos meses se vio compartiendo mesa y mantel en comidas privadas, de tú a tú, con Mariano Rajoy, Florentino Pérez y Felipe VI. Una de las primeras personas en felicitarle por el nombramiento, apenas instalado en el despacho, fue Esther Koplowitz, presidenta de Fomento de Construcciones y Contratas (FCC). La felicitación iba acompañada de una solicitud de reunión. 
Lo más valioso de El director es que explicita la existencia de una serie de pactos tácitos, no escritos, entre los grupos de comunicación y las grandes empresas por los que ambas partes ganan y el lector pierde. Una suerte de fondo de reptiles de carácter privado. 
A cambio de una vía de financiación extra que pudiera ser el flotador al que agarrarse para cuadrar el balance de cuentas anual, las grandes corporaciones se garantizan el silencio de los medios sobre sus malas prácticas, sus desmanes o aquellas cuestiones que pueden empañar la imagen de sus cargos directivos.
Es un sistema que Jiménez denomina Los Acuerdos por el que Telefónica, el Banco Santander o El Corte Inglés, por ejemplo, devengan cuantiosos intereses en forma de coberturas amables como contrapartida por inyectar liquidez a las empresas informativas. 
Va más allá de los contratos publicitarios puesto que asegura que, en ocasiones, estas cadenas de favores se establecen con empresas que no compran anuncios en los medios. Jiménez ofrece como muestra una reunión con Francisco González, entonces presidente del BBVA, en la que el alto emisario de Unidad Editorial al que acompañaba lloró sobre el hombro del banquero por la dificultad que estaba afrontando el grupo para cerrar el presupuesto. 
González dijo que lo arreglaría, sin más. Jiménez asegura que el banco, al igual que otras compañías que cotizan en el Ibex 35, dispone de una partida dedicada a “comprar favores periodísticos, ayudar a crear diarios de periodistas afines y premiar a los líderes mediáticos que ayudan a mejorar la imagen de su presidente”.
El episodio de mayor presión que enfrentó Jiménez sucedió por la publicación de una información relativa a la participación de César Alierta, en ese tiempo aún presidente de Telefónica, en un hotel en Berlín que la justicia sospechaba había sido utilizado por Rodrigo Rato para el blanqueo y evasión de capitales. 
Desde La Segunda se hizo todo lo posible para que la noticia no se publicara —desde recurrir al chantaje al director (“hay decisiones que cuestan puestos de trabajo”, le dijeron mirando a la redacción) a llamar a la imprenta a sus espaldas para ordenar que pararan máquinas—, sin conseguirlo.
Jiménez también entona un sonoro mea culpa por lo que El Mundo hizo con Victoria Rosell, jueza que se presentaba en la lista de Podemos a las elecciones generales de diciembre de 2015 que sonaba como titular de la cartera de Justicia si el partido accedía al poder. 
Antes de los comicios, el periódico dedicó varias portadas a las supuestas irregularidades cometidas por Rosell denunciadas por el ministro de Industria José Manuel Soria, quien unos meses después dimitiría tras no dar explicaciones convincentes sobre su participación en empresas familiares que aparecían en los papeles de Panamá. 
Las publicaciones de El Mundo se basaban en las actuaciones del juez Salvador Alba e ignoraban las llamadas de la jueza en las que explicaba que era víctima de un complot para arruinar su carrera política. Al final del proceso, la querella contra Rosell quedó archivada y Alba fue procesado por cinco delitos, entre ellos el de prevaricación judicial.
La trayectoria de Jiménez como director de El Mundo concluyó con una demanda contra la empresa por despido improcedente, acogiéndose además a la cláusula de conciencia para los profesionales de la información garantizada constitucionalmente y desarrollada en la Ley Orgánica 2/1997, de 19 de junio. 
Antes de la celebración del juicio, Unidad Editorial y el periodista pactaron un acuerdo de indemnización que incluía una cláusula de confidencialidad que obliga a Jiménez a guardar silencio pero que también recoge su “libertad de expresión constitucionalmente reconocida”. Parece claro que el libro es fruto de esas cinco palabras.
En la redacción de El Mundo no ha sentado bien la publicación de El director. Tanto entre Los Nobles —así se refiere al grupo de periodistas veteranos con mando en plaza— como en redactores rasos hay resquemor. Se entiende que, en el ajuste de cuentas que realiza, Jiménez no ha escatimado munición contra quienes cumplían sus órdenes y también que moldea un relato que le presenta como un mártir enfrentado a una causa perdida de antemano, aunque no se ajuste a lo sucedido. 
“Hay un claro intento de venganza contra Fernández-Galiano y el director actual, pero por el camino se venga de muchos redactores”, considera un cargo intermedio de la redacción, quien también opina que Jiménez vende como algo extraordinario lo que es común a cualquier director de periódico o publicación: las presiones aparejadas a un cargo con esa responsabilidad y sueldo.
Coinciden las fuentes consultadas por El Salto en calificar como extravagante y caótico el año que Jiménez dirigió El Mundo y destacan su desconocimiento de rutinas básicas de una redacción como el horario de las reuniones. ¿Por qué se le eligió como director, entonces? En la Avenida de San Luis existe el convencimiento de que se le nombró porque, por un lado, la empresa creía que podría modernizar el periódico y, por otro, porque Fernández-Galiano le consideraba fácilmente manipulable: una persona sin contactos en los círculos de poder, que le iba a dejar hacer y deshacer a nivel político.
En opinión de un redactor bregado en varias secciones del periódico, el diagnóstico que Jiménez hace en el libro es completamente acertado —los medios grandes son meriendas de poder en las que la información importa poco si no mueve palancas de poder, olvidándose del lector— pero considera que no es la persona adecuada ni siquiera para hacer ese diagnóstico: “Sabía qué era lo que había que arreglar pero no sabía por qué las cosas eran así, porque no lo había conocido. Es como si pones a un frutero a dirigir el periódico. Sabe qué es lo que va a querer leer pero no sabe por qué las cosas son así. De pronto, abre la puerta de la máquina y ve que la máquina funciona así y flipa. Y eso lo transmite el libro”.
Otra voz de la redacción lo resume de manera muy descriptiva: “Fue como poner al frente de Marca a alguien a quien no le gusta el deporte. No era para él”.
Sí se reconoce, sin embargo, la voluntad de Jiménez de impulsar la edición digital del diario y también una visión diferente a la de sus predecesores en el cargo en cuanto al enfoque de los contenidos, como explica otra fuente a El Salto: “La época de Casimiro fue razonable, continuó con lo que hacía Pedro Jota pero menos atado al rollo del poder. 
David aportó la mirada de alguien a quien no le interesa la política, le daba a los temas con interés humano un vuelo que no se les había dado anteriormente. Y eso es importante porque es lo que te moviliza lectores”.
En una semana frenética por la llegada de El director a librerías y por los sarpullidos que está provocando, Jiménez encuentra hueco para atender a El Salto.

¿Crees que hay alguna posibilidad de revertir ese ecosistema formado por grandes directivos de empresas de comunicación y políticos en el que los medios son palancas del poder que describes en el libro?
La relación entre los medios y el poder está contaminada y no será fácil revertirla. Cuando dejas que algo se pudra durante tanto tiempo, en parte gracias a la ley del silencio que los periodistas hemos impuesto sobre nosotros mismos, no basta con la denuncia. Creo que hay buenos periodistas en este país y eso no se nos debe olvidar. Pero los problemas sistémicos del oficio los tendrá que arreglar la siguiente generación de periodistas. Por eso el libro está dedicado a “los futuros periodistas”: mi esperanza es que renueven la profesión y lideren su regeneración. Pero lo van a tener muy difícil porque han sido condenados a la precariedad, con sueldos míseros y condiciones de trabajo inaceptables. Es muy difícil cambiar las cosas desde esa posición de debilidad.

¿Hasta qué punto dirías que es una consecuencia inevitable derivada de que la propiedad de los medios sea de empresas privadas?
Estoy a favor de que existan medios de propiedad privada. La cuestión es en qué manos y con qué independencia. No tiene la misma responsabilidad alguien que produce información que un empresario dedicado a fabricar lavadoras. Si tu lavadora está averiada, la ropa no sale limpia, pero si es el periodismo el que está averiado, entonces hay un impacto negativo en la sociedad.
La salud democrática se resiente, porque uno de los vigilantes del sistema no hace su trabajo. El gran fracaso de la prensa fue convertirse en parte del sistema que debía vigilar. 

¿Pueden ser una solución las cooperativas de propiedad colectiva o la nacionalización de medios?
La nacionalización de medios privados es una medida propia de dictaduras. Deben existir medios públicos independientes del poder político y privados con los principios para cumplir su función. No conozco ningún país donde medios nacionalizados sean independientes. Quizá sí del poder económico, pero pasan a depender del político. 

El diagnóstico que haces es el hecho previamente por medios que han funcionado desde la independencia más absoluta (Liberación de Andrés Sorel, por ejemplo), no solo en su entendimiento teórico sino en su praxis como proyectos de comunicación. ¿Es posible crear y mantener un medio de comunicación que no obedezca a la lógica empresarial?
La independencia de un medio solo es posible si depende de sus lectores. Vuelvo a la lavadora. Es legítimo que uno quiera ganar dinero haciendo periodismo, pero al ser un servicio público, educativo e informativo, ese beneficio no puede estar por encima de la ética que convierte el periodismo en un servicio para la gente. Si quieres ganar dinero, sin tener que hacerte esas preguntas morales ni enfrentarse a la posibilidad de tener que ganar menos a costa de contar la verdad, entonces dedícate a otra cosa.

Quizá lo más importante del libro es que haces explícita la existencia de lo que denominas Los Acuerdos. ¿A qué obligan Los Acuerdos?
Son los pactos con los que el Ibex riega de dinero a los medios tradicionales, ofreciendo en publicidad y patrocinios más dinero del que les corresponde por audiencia. Pero esas empresas no son ONG, a cambio de esos favores esperan un trato amable y protección para sus directivos.

Y en sentido contrario, ¿a qué condenan a los medios que no quieren pasar por ahí?
Si no participas, tus posibilidades de subsistir son escasas. Sin apenas modelos de suscripción, la prensa depende de una publicidad institucional y privada que se utiliza para premiar a los amigos y ahogar a los incómodos. Digamos que el terreno de juego está viciado en favor de quienes aceptan ese trato no escrito por el que determinadas empresas, instituciones o Gobiernos, a nivel local, regional o estatal, utilizan sus recursos para condicionar los contenidos. El poder olió la debilidad de los medios tras la crisis y lo aprovechó. 

¿Un año de director es tiempo suficiente para conocer en profundidad ese entramado y contarlo en un libro?
Trabajé 20 años para El Mundo, aunque solo uno como director. A veces se olvida. Pero sí: un año en esa posición es suficiente para entender cómo funciona el sistema, cuáles son sus vicios y cómo de difícil es romper las ataduras con el poder económico y político. Y te sobran seis meses. 

Hay quien puede pensar que algunas de las cosas que cuentas en el libro las conoce cualquiera que haya trabajado tres meses en un periódico grande. ¿Crees que lo que cuentas es extraordinario o lo que lo hace extraordinario es que lo cuente una persona que dirigió El Mundo?
Un amigo periodista me decía el otro día que la crítica más insostenible es la de quienes dicen: “Mira este qué pardillo, sorprendido de que haya presiones”. Prueba hasta qué punto hemos normalizado lo que no es normal. Todos los gobiernos presionan y tratan de influir. Las empresas quieren buenas coberturas.
Pero aquí hablamos de periodistas despedidos por órdenes que llegan desde despachos, el dinero de todos utilizado para castigar a los independientes, medios digitales que chantajean a empresas para que paguen dinero a cambio de no hablar mal de ellas, informadores al servicio de las Cloacas del Estado... Nada de eso es normal y no ocurre en la mayoría de las democracias. 

¿Por qué crees que te eligieron como director si, como reconoces, tu perfil profesional no era el más adecuado para ese cargo?
Yo sí creo que tenía el perfil adecuado, si el cargo de director de periódico fuera por méritos periodísticos. Había sido corresponsal muchos años, reportero de guerra y jefe de nuestra delegación en Asia. Había trabajado un año en transformación digital en Harvard. Había publicado varios libros, alguno con éxito internacional. En otro ambiente periodístico, donde se midieran los méritos profesionales, no parecía un mal CV.
El problema es que de los directores de la prensa tradicional se espera que sean algo más: “ministroperiodistas”, lo llamo en El director. Es casi un cargo político e institucional. ¿Por qué yo? Supongo que pensaron que sería manejable, porque venía sin contactos en España —no tenía el teléfono de un solo político o empresario del país— y porque pensaron que los privilegios del cargo serían lo suficientemente atractivos como para que aceptara compromisos morales. Se equivocaron. 

Hay una cuestión importante relativa a la clase social que es cuando desvelas una conversación en la que le dices a El Cardenal [así llama a un alto directivo de Unidad Editorial] que quien lee El Mundo no es la élite que dirige la empresa y que, por tanto, no se debe hacer un periódico para satisfacer a esa élite. ¿Cómo se puede enfrentar esa disonancia y hacer un medio de comunicación que sirva a los intereses del público, de la mayoría social que no pertenece a los privilegiados que poseen los medios de producción, y al tiempo satisfacer las exigencias de esos accionistas e inversores?
Uno de los problemas de la prensa tradicional en España es que se ha escrito para otros periodistas, políticos y empresarios de un círculo que no es representativo de la sociedad. En el pasaje que mencionas trato de hacer entender eso a un directivo que critica el contenido, como si el diario le tuviera que gustar solo a él. Cuando uno lee The New York Times, no siente que esté defendiendo los privilegios de una minoría o la élite, a pesar de ser una empresa que aspira a ser rentable y ganar dinero. No creo que sean incompatibles.
A mí me gustan mucho los medios non profit estadounidenses, como ProPublica, que no tienen como objetivo ganar dinero, se financian con donaciones e invierten todo su dinero en periodismo. Creo que habría que replicarlos en España. Pero esos proyectos pueden convivir con medios públicos independientes y privados que tengan como principio el rigor y la búsqueda de la verdad. 

Tras leer el libro, queda flotando un reproche obvio que se te puede hacer: ¿por qué no cambiaste algunas de las cosas que ahora haces públicas?
Cuando llegué me prometieron tiempo, medios y apoyo de la empresa. Recibí un despido improcedente en un año, recortes durante los meses que estuve en el cargo y presiones que atentaban contra la independencia del diario. Por supuesto, cometí errores y en el libro quedan reflejados.
Me habría gustado poner en marcha el proyecto que presenté a la empresa, pero no lo permitieron. Nunca sabremos qué habría pasado si hubieran dado una oportunidad a lo que quería hacer. Sigo pensando que en El Mundo hay grandes periodistas y pésimos directivos. El día que los segundos desaparezcan de la escena, ese talento servirá para cambiar muchas cosas. Pienso que a mí no me dejaron, pero igualmente legítimo es creer que no pude o no supe hacerlo. 

En el libro asumes tu error en las publicaciones de El Mundo referentes a Victoria Rosell, que quemaron la posibilidad de su entrada en política. ¿No debería haber también la asunción de responsabilidad por parte del medio?
Durante mi etapa, El Mundo publicó una serie de decisiones judiciales del juez Salvador Alba que acusaban a Rosell de graves irregularidades. Ese juez está hoy procesado y todo indica que participó en una conspiración contra la magistrada. Yo opté por creer al juez y considero que no hice las preguntas suficientes, ni atendí como debía a los argumentos de Rosell cuando me advirtió de que se trataba de una conspiración. Es una autocrítica personal, yo era el director y responsable del contenido del diario. Mía es la responsabilidad de lo que se publicó, no de quienes hoy están al frente del periódico.
No fue el único error y cometí otros que afectaron a personas de otros partidos. La corrupción del PP ocupó más de 60 portadas y ellos pensaban que era una campaña contra el Gobierno. El periódico publicaba en mi etapa medio millar de noticias diarias entre web y papel. Hicimos un buen trabajo en muchas ocasiones y seguro que pudimos hacerlo mejor en otras. 

¿Por qué los medios grandes quedan impunes cuando se demuestran errores de ese calibre? Si El Salto, por ejemplo, publicase algo de esa naturaleza, la demanda que nos caería obligaría a cerrar, seguramente. No te digo ya cosas como toda la línea que llevó El Mundo en relación al 11M.
No es verdad que los medios grandes queden impunes. Los diarios nacionales reciben constantes demandas. La mayoría son archivadas porque no se sostienen. Y las que sí terminan en condenas. No hay ningún gran diario que no haya recibido sentencias desfavorables por informaciones erróneas.
Para mí, lo realmente importante es diferenciar entre el error y la manipulación. No es lo mismo equivocarte en la búsqueda de la verdad que buscar deliberadamente la mentira. Lo segundo, desgraciadamente, se impone en un sector de la prensa. 

En los últimos 30 años, en democracia, hay dos casos paradigmáticos de persecución de medios por parte del poder en España, los de Egin y Egunkaria, con cierres judiciales bajo acusaciones gravísimas que, años después, quedaron en nada tras el proceso judicial. Sobre el cierre de Egin, el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, llegó a alardear de su “atrevimiento”, atribuyéndose una decisión que aparentemente había sido judicial. ¿Cómo se puede reparar el daño a la libertad de información que causan esos atrevimientos?
No conozco los detalles de esos dos casos, porque se produjeron cuando estaba de corresponsal en el Extremo Oriente. Yo jamás defendería el cierre de un medio de comunicación por parte de un Gobierno, incluso estando en total desacuerdo con sus líneas editoriales. En todo caso, si una información atenta contra leyes o derechos, debe ser la justicia la que decida sobre sus autores y su medio, de acuerdo con la ley. 

¿Temes la reacción de la empresa?
Hay dos reacciones previsibles. Una, que me demanden si consideran que tienen algún motivo. Es su derecho. Creo que la editorial les mandaría una nota de agradecimiento y el libro encontraría más lectores todavía. Por mi parte, pondría toda mi determinación en defender mi libertad de expresión, con la seguridad de que ganaría.
La otra opción es una campaña de destrucción de mi reputación. No escribes un libro como este y recibes ramos de flores. Ha enfadado a gente poderosa y poco acostumbrada a encajar. Pero creo que todo será fútil: el libro ya no está en sus manos o en las mías. Cada lector decidirá por sí mismo si lo que se dice en El director es cierto o no. Puedes engañar a un lector en una página, quizá en un capítulo, pero no en 300 páginas. Que decidan ellos sobre la autenticidad de mi relato. 



David Jiménez: “El gran fracaso de la prensa fue convertirse en parte del sistema que debía vigilar”


MADRID.- En su primer encuentro con un David Jiménez recién nombrado director de El Mundo, el entonces ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, le hizo una pregunta y le lanzó un aviso. Aquella fue “¿podemos contar con vosotros?”, mientras este alertaba de que España se enfrentaba a enemigos peligrosos. El político cerró el diálogo con una sentencia: “No son tiempos para la neutralidad”. 

Era 2015 y faltaban pocos meses para las elecciones generales del 20 de diciembre. El Partido Popular quería amarrar la victoria y revalidar a su candidato, Mariano Rajoy, como inquilino de La Moncloa, pero los continuos escándalos por casos de corrupción y los sondeos favorables a Podemos eran obstáculos serios. Había que combatir la indecisión del electorado mandando un mensaje claro. “La Razón y ABC no nos preocupan. 
Ya sabemos que están con nosotros y dirán que todo lo hacemos estupendamente. Pero vosotros podéis decidir las elecciones, ahí están los indecisos, en El Mundo”, aseguró el ministro al director del diario. La alusión a la no neutralidad de estos tiempos es algo que Jiménez volvió a escuchar en boca de otros ministros en varias ocasiones.
El párrafo anterior es uno de los pasajes más reveladores que se pueden leer en El director, el libro en el que Jiménez airea cuestiones escabrosas relativas al triángulo de amor bizarro entre prensa, poder y capital que marcaron su año al frente de El Mundo. 
La publicación no podría haber encontrado mejor momento, ya que la declaración de Pablo Iglesias en la Audiencia Nacional el 29 de marzo como perjudicado en el caso Tándem, la causa contra el comisario José Manuel Villarejo, por el robo del teléfono móvil de una persona de su equipo ha insuflado nuevos bríos al conocimiento de la existencia de una trama que, desde el ministerio encabezado por Fernández Díaz, proveía de información falsa sobre los partidos de la oposición, particularmente Podemos, que era filtrada por policías a medios que no hacían ascos a su publicación y le concedían trato preferencial en sus portadas. Jiménez reconoce que escuchó por primera vez el nombre de Villarejo al poco de asumir la dirección del periódico y que dos de los reporteros le contaron que, desde hacía al menos dos décadas, era “una de las principales fuentes de El Mundo y facilitador de la mayor parte de nuestras exclusivas”. 
El director, publicado por Libros del K.O., tiene pinta de convertirse en el fenómeno editorial de la temporada. El adelanto lanzado por El Confidencial y el enganchón entre la periodista Ana Pastor y Pablo Iglesias en el programa El Objetivo a cuenta de unas presuntas amenazas del partido morado a la prensa que supuestamente aparecen en sus páginas —ni rastro de ellas, una vez leído— han generado ese salivar ante la aparición de un título prometedor que hará ruido y que podría acarrear a la editorial una odisea como la que sufrió el año pasado con el secuestro judicial de Fariña, el libro de Nacho Carretero sobre el narcotráfico en Galicia. 
Porque lo que cuenta es tremendo y afecta a terminales muy sensibles. Nada novedoso, a qué negarlo, para quien haya trabajado algún tiempo en la redacción de cualquiera de las principales cabeceras de prensa pero sí muy impactante para el resto, que en sus páginas puede confirmar intuiciones nunca hasta ahora presentadas en público como certezas por alguien que ha ostentado la mayor responsabilidad en una de las grandes fábricas de realidad —de sus marcos, de lo que se puede o no hablar y desde donde— en este país.
Lo que relata Jiménez resulta obsceno, por impúdico y por ser lo que permanece alejado del proscenio, oculto a la vista del espectador: la injerencia descarada y sin filtro de grandes empresarios y políticos en el trabajo cotidiano de un director de periódico. 
Las líneas editoriales y la información publicada como resultado de un intercambio de favores en las alturas y también de un juego de la silla en el que —ay— siempre gana el más poderoso. Quien paga manda, y quien manda quiere mandar más. 
 Por descontado, la denuncia de lo que Jiménez coloca ahora en el escaparate lleva muchos años constituyendo la razón de ser para proyectos comunicativos como El Salto, diametralmente opuestos a esos modos de hacer y por ello condenados a la invisibilidad, la irrelevancia y la subsistencia sin más red que las personas suscritas. Pero esa es otra historia. O la misma, en verdad, aunque contada desde un lugar bien diferente.
A finales de abril de 2015, tras más de quince años como corresponsal en Asia y otro posterior becado por la Universidad de Harvard, Jiménez aterrizó en la dirección de un periódico herido por varios expedientes de regulación de empleo, con las ventas cayendo en picado y sin la influencia política de la que había presumido bajo la mano de su fundador, Pedro J. Ramírez, fulminado en enero de 2014 por Antonio Fernández-Galiano, presidente de Unidad Editorial, grupo empresarial propietario de El Mundo cuya matriz es el conglomerado italiano RCS MediaGroup. Un cese que Ramírez achacó a las presiones del Gobierno de Rajoy por la publicación en el diario de las informaciones relativas a los papeles de Bárcenas.
En el hotel Marriott East Side de Nueva York, Fernández-Galiano propuso a Jiménez ser el nuevo director, sustituyendo a Casimiro García Abadillo, quien había sucedido a Ramírez apenas un año antes. Una oferta acompañada de la promesa del apoyo, los medios y el tiempo que la empresa le brindaría para remozar El Mundo. 
Aceptó, se convirtió en el “más improbable de los directores de periódicos” y pronto barruntó que lo que le aguardaba desde La Segunda, como llama en el libro a la planta directiva de Unidad Editorial, eran recortes presupuestarios, chantajes y abrazos más falsos que los informes elaborados por la policía política.
Jiménez reconoce que no era la persona más idónea para el cargo —“nunca había gestionado un equipo y no tenía el número de teléfono de ningún político o empresario del país”— y no disimula su desdén por los despachos, incluido el de dirección de El Mundo, que describe como “uno de los mayores centros de influencia del país, cortejado por reyes y jueces, ministros y celebridades, escritores y cantantes, caciques y conseguidores”. 
Pero en pocos meses se vio compartiendo mesa y mantel en comidas privadas, de tú a tú, con Mariano Rajoy, Florentino Pérez y Felipe VI. Una de las primeras personas en felicitarle por el nombramiento, apenas instalado en el despacho, fue Esther Koplowitz, presidenta de Fomento de Construcciones y Contratas (FCC). La felicitación iba acompañada de una solicitud de reunión. 
Lo más valioso de El director es que explicita la existencia de una serie de pactos tácitos, no escritos, entre los grupos de comunicación y las grandes empresas por los que ambas partes ganan y el lector pierde. Una suerte de fondo de reptiles de carácter privado. 
A cambio de una vía de financiación extra que pudiera ser el flotador al que agarrarse para cuadrar el balance de cuentas anual, las grandes corporaciones se garantizan el silencio de los medios sobre sus malas prácticas, sus desmanes o aquellas cuestiones que pueden empañar la imagen de sus cargos directivos.
Es un sistema que Jiménez denomina Los Acuerdos por el que Telefónica, el Banco Santander o El Corte Inglés, por ejemplo, devengan cuantiosos intereses en forma de coberturas amables como contrapartida por inyectar liquidez a las empresas informativas. 
Va más allá de los contratos publicitarios puesto que asegura que, en ocasiones, estas cadenas de favores se establecen con empresas que no compran anuncios en los medios. Jiménez ofrece como muestra una reunión con Francisco González, entonces presidente del BBVA, en la que el alto emisario de Unidad Editorial al que acompañaba lloró sobre el hombro del banquero por la dificultad que estaba afrontando el grupo para cerrar el presupuesto. 
González dijo que lo arreglaría, sin más. Jiménez asegura que el banco, al igual que otras compañías que cotizan en el Ibex 35, dispone de una partida dedicada a “comprar favores periodísticos, ayudar a crear diarios de periodistas afines y premiar a los líderes mediáticos que ayudan a mejorar la imagen de su presidente”.
El episodio de mayor presión que enfrentó Jiménez sucedió por la publicación de una información relativa a la participación de César Alierta, en ese tiempo aún presidente de Telefónica, en un hotel en Berlín que la justicia sospechaba había sido utilizado por Rodrigo Rato para el blanqueo y evasión de capitales. 
Desde La Segunda se hizo todo lo posible para que la noticia no se publicara —desde recurrir al chantaje al director (“hay decisiones que cuestan puestos de trabajo”, le dijeron mirando a la redacción) a llamar a la imprenta a sus espaldas para ordenar que pararan máquinas—, sin conseguirlo.
Jiménez también entona un sonoro mea culpa por lo que El Mundo hizo con Victoria Rosell, jueza que se presentaba en la lista de Podemos a las elecciones generales de diciembre de 2015 que sonaba como titular de la cartera de Justicia si el partido accedía al poder. 
Antes de los comicios, el periódico dedicó varias portadas a las supuestas irregularidades cometidas por Rosell denunciadas por el ministro de Industria José Manuel Soria, quien unos meses después dimitiría tras no dar explicaciones convincentes sobre su participación en empresas familiares que aparecían en los papeles de Panamá. 
Las publicaciones de El Mundo se basaban en las actuaciones del juez Salvador Alba e ignoraban las llamadas de la jueza en las que explicaba que era víctima de un complot para arruinar su carrera política. Al final del proceso, la querella contra Rosell quedó archivada y Alba fue procesado por cinco delitos, entre ellos el de prevaricación judicial.
La trayectoria de Jiménez como director de El Mundo concluyó con una demanda contra la empresa por despido improcedente, acogiéndose además a la cláusula de conciencia para los profesionales de la información garantizada constitucionalmente y desarrollada en la Ley Orgánica 2/1997, de 19 de junio. 
Antes de la celebración del juicio, Unidad Editorial y el periodista pactaron un acuerdo de indemnización que incluía una cláusula de confidencialidad que obliga a Jiménez a guardar silencio pero que también recoge su “libertad de expresión constitucionalmente reconocida”. Parece claro que el libro es fruto de esas cinco palabras.
En la redacción de El Mundo no ha sentado bien la publicación de El director. Tanto entre Los Nobles —así se refiere al grupo de periodistas veteranos con mando en plaza— como en redactores rasos hay resquemor. Se entiende que, en el ajuste de cuentas que realiza, Jiménez no ha escatimado munición contra quienes cumplían sus órdenes y también que moldea un relato que le presenta como un mártir enfrentado a una causa perdida de antemano, aunque no se ajuste a lo sucedido. 
“Hay un claro intento de venganza contra Fernández-Galiano y el director actual, pero por el camino se venga de muchos redactores”, considera un cargo intermedio de la redacción, quien también opina que Jiménez vende como algo extraordinario lo que es común a cualquier director de periódico o publicación: las presiones aparejadas a un cargo con esa responsabilidad y sueldo.
Coinciden las fuentes consultadas por El Salto en calificar como extravagante y caótico el año que Jiménez dirigió El Mundo y destacan su desconocimiento de rutinas básicas de una redacción como el horario de las reuniones. ¿Por qué se le eligió como director, entonces? En la Avenida de San Luis existe el convencimiento de que se le nombró porque, por un lado, la empresa creía que podría modernizar el periódico y, por otro, porque Fernández-Galiano le consideraba fácilmente manipulable: una persona sin contactos en los círculos de poder, que le iba a dejar hacer y deshacer a nivel político.
En opinión de un redactor bregado en varias secciones del periódico, el diagnóstico que Jiménez hace en el libro es completamente acertado —los medios grandes son meriendas de poder en las que la información importa poco si no mueve palancas de poder, olvidándose del lector— pero considera que no es la persona adecuada ni siquiera para hacer ese diagnóstico: “Sabía qué era lo que había que arreglar pero no sabía por qué las cosas eran así, porque no lo había conocido. Es como si pones a un frutero a dirigir el periódico. Sabe qué es lo que va a querer leer pero no sabe por qué las cosas son así. De pronto, abre la puerta de la máquina y ve que la máquina funciona así y flipa. Y eso lo transmite el libro”.
Otra voz de la redacción lo resume de manera muy descriptiva: “Fue como poner al frente de Marca a alguien a quien no le gusta el deporte. No era para él”.
Sí se reconoce, sin embargo, la voluntad de Jiménez de impulsar la edición digital del diario y también una visión diferente a la de sus predecesores en el cargo en cuanto al enfoque de los contenidos, como explica otra fuente a El Salto: “La época de Casimiro fue razonable, continuó con lo que hacía Pedro Jota pero menos atado al rollo del poder. 
David aportó la mirada de alguien a quien no le interesa la política, le daba a los temas con interés humano un vuelo que no se les había dado anteriormente. Y eso es importante porque es lo que te moviliza lectores”.
En una semana frenética por la llegada de El director a librerías y por los sarpullidos que está provocando, Jiménez encuentra hueco para atender a El Salto.

¿Crees que hay alguna posibilidad de revertir ese ecosistema formado por grandes directivos de empresas de comunicación y políticos en el que los medios son palancas del poder que describes en el libro?
La relación entre los medios y el poder está contaminada y no será fácil revertirla. Cuando dejas que algo se pudra durante tanto tiempo, en parte gracias a la ley del silencio que los periodistas hemos impuesto sobre nosotros mismos, no basta con la denuncia. Creo que hay buenos periodistas en este país y eso no se nos debe olvidar. Pero los problemas sistémicos del oficio los tendrá que arreglar la siguiente generación de periodistas. Por eso el libro está dedicado a “los futuros periodistas”: mi esperanza es que renueven la profesión y lideren su regeneración. Pero lo van a tener muy difícil porque han sido condenados a la precariedad, con sueldos míseros y condiciones de trabajo inaceptables. Es muy difícil cambiar las cosas desde esa posición de debilidad.

¿Hasta qué punto dirías que es una consecuencia inevitable derivada de que la propiedad de los medios sea de empresas privadas?
Estoy a favor de que existan medios de propiedad privada. La cuestión es en qué manos y con qué independencia. No tiene la misma responsabilidad alguien que produce información que un empresario dedicado a fabricar lavadoras. Si tu lavadora está averiada, la ropa no sale limpia, pero si es el periodismo el que está averiado, entonces hay un impacto negativo en la sociedad.
La salud democrática se resiente, porque uno de los vigilantes del sistema no hace su trabajo. El gran fracaso de la prensa fue convertirse en parte del sistema que debía vigilar. 

¿Pueden ser una solución las cooperativas de propiedad colectiva o la nacionalización de medios?
La nacionalización de medios privados es una medida propia de dictaduras. Deben existir medios públicos independientes del poder político y privados con los principios para cumplir su función. No conozco ningún país donde medios nacionalizados sean independientes. Quizá sí del poder económico, pero pasan a depender del político. 

El diagnóstico que haces es el hecho previamente por medios que han funcionado desde la independencia más absoluta (Liberación de Andrés Sorel, por ejemplo), no solo en su entendimiento teórico sino en su praxis como proyectos de comunicación. ¿Es posible crear y mantener un medio de comunicación que no obedezca a la lógica empresarial?
La independencia de un medio solo es posible si depende de sus lectores. Vuelvo a la lavadora. Es legítimo que uno quiera ganar dinero haciendo periodismo, pero al ser un servicio público, educativo e informativo, ese beneficio no puede estar por encima de la ética que convierte el periodismo en un servicio para la gente. Si quieres ganar dinero, sin tener que hacerte esas preguntas morales ni enfrentarse a la posibilidad de tener que ganar menos a costa de contar la verdad, entonces dedícate a otra cosa.

Quizá lo más importante del libro es que haces explícita la existencia de lo que denominas Los Acuerdos. ¿A qué obligan Los Acuerdos?
Son los pactos con los que el Ibex riega de dinero a los medios tradicionales, ofreciendo en publicidad y patrocinios más dinero del que les corresponde por audiencia. Pero esas empresas no son ONG, a cambio de esos favores esperan un trato amable y protección para sus directivos.

Y en sentido contrario, ¿a qué condenan a los medios que no quieren pasar por ahí?
Si no participas, tus posibilidades de subsistir son escasas. Sin apenas modelos de suscripción, la prensa depende de una publicidad institucional y privada que se utiliza para premiar a los amigos y ahogar a los incómodos. Digamos que el terreno de juego está viciado en favor de quienes aceptan ese trato no escrito por el que determinadas empresas, instituciones o Gobiernos, a nivel local, regional o estatal, utilizan sus recursos para condicionar los contenidos. El poder olió la debilidad de los medios tras la crisis y lo aprovechó. 

¿Un año de director es tiempo suficiente para conocer en profundidad ese entramado y contarlo en un libro?
Trabajé 20 años para El Mundo, aunque solo uno como director. A veces se olvida. Pero sí: un año en esa posición es suficiente para entender cómo funciona el sistema, cuáles son sus vicios y cómo de difícil es romper las ataduras con el poder económico y político. Y te sobran seis meses. 

Hay quien puede pensar que algunas de las cosas que cuentas en el libro las conoce cualquiera que haya trabajado tres meses en un periódico grande. ¿Crees que lo que cuentas es extraordinario o lo que lo hace extraordinario es que lo cuente una persona que dirigió El Mundo?
Un amigo periodista me decía el otro día que la crítica más insostenible es la de quienes dicen: “Mira este qué pardillo, sorprendido de que haya presiones”. Prueba hasta qué punto hemos normalizado lo que no es normal. Todos los gobiernos presionan y tratan de influir. Las empresas quieren buenas coberturas.
Pero aquí hablamos de periodistas despedidos por órdenes que llegan desde despachos, el dinero de todos utilizado para castigar a los independientes, medios digitales que chantajean a empresas para que paguen dinero a cambio de no hablar mal de ellas, informadores al servicio de las Cloacas del Estado... Nada de eso es normal y no ocurre en la mayoría de las democracias. 

¿Por qué crees que te eligieron como director si, como reconoces, tu perfil profesional no era el más adecuado para ese cargo?
Yo sí creo que tenía el perfil adecuado, si el cargo de director de periódico fuera por méritos periodísticos. Había sido corresponsal muchos años, reportero de guerra y jefe de nuestra delegación en Asia. Había trabajado un año en transformación digital en Harvard. Había publicado varios libros, alguno con éxito internacional. En otro ambiente periodístico, donde se midieran los méritos profesionales, no parecía un mal CV.
El problema es que de los directores de la prensa tradicional se espera que sean algo más: “ministroperiodistas”, lo llamo en El director. Es casi un cargo político e institucional. ¿Por qué yo? Supongo que pensaron que sería manejable, porque venía sin contactos en España —no tenía el teléfono de un solo político o empresario del país— y porque pensaron que los privilegios del cargo serían lo suficientemente atractivos como para que aceptara compromisos morales. Se equivocaron. 

Hay una cuestión importante relativa a la clase social que es cuando desvelas una conversación en la que le dices a El Cardenal [así llama a un alto directivo de Unidad Editorial] que quien lee El Mundo no es la élite que dirige la empresa y que, por tanto, no se debe hacer un periódico para satisfacer a esa élite. ¿Cómo se puede enfrentar esa disonancia y hacer un medio de comunicación que sirva a los intereses del público, de la mayoría social que no pertenece a los privilegiados que poseen los medios de producción, y al tiempo satisfacer las exigencias de esos accionistas e inversores?
Uno de los problemas de la prensa tradicional en España es que se ha escrito para otros periodistas, políticos y empresarios de un círculo que no es representativo de la sociedad. En el pasaje que mencionas trato de hacer entender eso a un directivo que critica el contenido, como si el diario le tuviera que gustar solo a él. Cuando uno lee The New York Times, no siente que esté defendiendo los privilegios de una minoría o la élite, a pesar de ser una empresa que aspira a ser rentable y ganar dinero. No creo que sean incompatibles.
A mí me gustan mucho los medios non profit estadounidenses, como ProPublica, que no tienen como objetivo ganar dinero, se financian con donaciones e invierten todo su dinero en periodismo. Creo que habría que replicarlos en España. Pero esos proyectos pueden convivir con medios públicos independientes y privados que tengan como principio el rigor y la búsqueda de la verdad. 

Tras leer el libro, queda flotando un reproche obvio que se te puede hacer: ¿por qué no cambiaste algunas de las cosas que ahora haces públicas?
Cuando llegué me prometieron tiempo, medios y apoyo de la empresa. Recibí un despido improcedente en un año, recortes durante los meses que estuve en el cargo y presiones que atentaban contra la independencia del diario. Por supuesto, cometí errores y en el libro quedan reflejados.
Me habría gustado poner en marcha el proyecto que presenté a la empresa, pero no lo permitieron. Nunca sabremos qué habría pasado si hubieran dado una oportunidad a lo que quería hacer. Sigo pensando que en El Mundo hay grandes periodistas y pésimos directivos. El día que los segundos desaparezcan de la escena, ese talento servirá para cambiar muchas cosas. Pienso que a mí no me dejaron, pero igualmente legítimo es creer que no pude o no supe hacerlo. 

En el libro asumes tu error en las publicaciones de El Mundo referentes a Victoria Rosell, que quemaron la posibilidad de su entrada en política. ¿No debería haber también la asunción de responsabilidad por parte del medio?
Durante mi etapa, El Mundo publicó una serie de decisiones judiciales del juez Salvador Alba que acusaban a Rosell de graves irregularidades. Ese juez está hoy procesado y todo indica que participó en una conspiración contra la magistrada. Yo opté por creer al juez y considero que no hice las preguntas suficientes, ni atendí como debía a los argumentos de Rosell cuando me advirtió de que se trataba de una conspiración. Es una autocrítica personal, yo era el director y responsable del contenido del diario. Mía es la responsabilidad de lo que se publicó, no de quienes hoy están al frente del periódico.
No fue el único error y cometí otros que afectaron a personas de otros partidos. La corrupción del PP ocupó más de 60 portadas y ellos pensaban que era una campaña contra el Gobierno. El periódico publicaba en mi etapa medio millar de noticias diarias entre web y papel. Hicimos un buen trabajo en muchas ocasiones y seguro que pudimos hacerlo mejor en otras. 

¿Por qué los medios grandes quedan impunes cuando se demuestran errores de ese calibre? Si El Salto, por ejemplo, publicase algo de esa naturaleza, la demanda que nos caería obligaría a cerrar, seguramente. No te digo ya cosas como toda la línea que llevó El Mundo en relación al 11M.
No es verdad que los medios grandes queden impunes. Los diarios nacionales reciben constantes demandas. La mayoría son archivadas porque no se sostienen. Y las que sí terminan en condenas. No hay ningún gran diario que no haya recibido sentencias desfavorables por informaciones erróneas.
Para mí, lo realmente importante es diferenciar entre el error y la manipulación. No es lo mismo equivocarte en la búsqueda de la verdad que buscar deliberadamente la mentira. Lo segundo, desgraciadamente, se impone en un sector de la prensa. 

En los últimos 30 años, en democracia, hay dos casos paradigmáticos de persecución de medios por parte del poder en España, los de Egin y Egunkaria, con cierres judiciales bajo acusaciones gravísimas que, años después, quedaron en nada tras el proceso judicial. Sobre el cierre de Egin, el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, llegó a alardear de su “atrevimiento”, atribuyéndose una decisión que aparentemente había sido judicial. ¿Cómo se puede reparar el daño a la libertad de información que causan esos atrevimientos?
No conozco los detalles de esos dos casos, porque se produjeron cuando estaba de corresponsal en el Extremo Oriente. Yo jamás defendería el cierre de un medio de comunicación por parte de un Gobierno, incluso estando en total desacuerdo con sus líneas editoriales. En todo caso, si una información atenta contra leyes o derechos, debe ser la justicia la que decida sobre sus autores y su medio, de acuerdo con la ley. 

¿Temes la reacción de la empresa?
Hay dos reacciones previsibles. Una, que me demanden si consideran que tienen algún motivo. Es su derecho. Creo que la editorial les mandaría una nota de agradecimiento y el libro encontraría más lectores todavía. Por mi parte, pondría toda mi determinación en defender mi libertad de expresión, con la seguridad de que ganaría.
La otra opción es una campaña de destrucción de mi reputación. No escribes un libro como este y recibes ramos de flores. Ha enfadado a gente poderosa y poco acostumbrada a encajar. Pero creo que todo será fútil: el libro ya no está en sus manos o en las mías. Cada lector decidirá por sí mismo si lo que se dice en El director es cierto o no. Puedes engañar a un lector en una página, quizá en un capítulo, pero no en 300 páginas. Que decidan ellos sobre la autenticidad de mi relato.