La preparación de mi primer libro, que aparecerá
publicado, D.m., esta primavera, ha dispensado a los lectores de este
blog de mi habitual artículo de diciembre. Dado que toda interrupción
conlleva la dificultad de recuperar el ritmo sin perder el compás, me
preguntaba cómo comenzar un año que se nos presenta con el velo que
siempre cubre el futuro.
En efecto, a esta criatura llamada hombre le
está vedado conocer lo que le deparará el mañana, una limitación frente a
la que se rebela y sufre inútilmente, pues cree equivocadamente que el
conocimiento del porvenir le haría más feliz.
En este sentido,
cabe recordar el conocido discurso que sir William Osler dio en la
Universidad de Yale el 20 de abril de 1913.
En él recomendaba a los
estudiantes vivir cada día como si fueran compartimentos estancos:
«Pulsad un botón y escuchad que las puertas de hierro dejan fuera el
pasado, el ayer muerto. Pulsad otro y dejad fuera, tras una cortina
metálica, el mañana nonato»[1].
Osler, persona sensata, no abogaba por desentenderse del futuro
respecto de aquello que podemos controlar, sino por despreocuparse de
aquello que no está en nuestras manos cambiar. Del mismo modo, el pasado
que debía quedar enterrado era el hecho inamovible, no el aprendizaje
del pasado que nos sirviera de base para mejorar el futuro.
Este
sabio consejo, tan difícil de llevar a cabo, aplica a nuestras vidas
personales, pero también al análisis de lo que ocurre en nuestro país.
España es hoy un país atrapado por la falta de aceptación de su pasado,
un país convertido en estatua de sal por mirar hacia atrás de forma
extraña, pues aplaude sus mediocridades y se avergüenza de sus éxitos.
Por consiguiente, no es casualidad que tenga su autoestima tan dañada.
Pero también es un país atrapado por las dudas sobre su futuro, un país
hasta cierto punto desesperanzado y carente de horizonte en el que no es
fácil ser joven. Todo ello contribuye a un estado de parálisis, pues
ambas afecciones ―de signo fatalista― han desarrollado un carácter
crónico de difícil, pero no imposible, solución.
Una Constitución mediocre
Ni
los lastres del pasado ni los escollos que dificultan nuestro futuro
constituyen una maldición bíblica, sino que son consecuencia de la
acción de unos y de la inacción de otros. Aunque siempre sea difícil
establecer relaciones causa-efecto, sin duda uno de los factores más
relevantes que explican la delicada situación en la que nos encontramos
es el conjunto de grandes carencias del sistema constitucional del 78.
España no siempre fue así: se ha vuelto así. Por lo tanto, la situación
es reversible.
La primera vez que critiqué las debilidades de
nuestro texto constitucional ―en un artículo publicado hace más de una
década― la idea parecía casi blasfema. Por eso, cuando al día siguiente
recibí la llamada de José Pedro Pérez-Llorca, uno de los «padres» de la
Constitución, pensé que iba a recibir una reprimenda.
Sin embargo,
ocurrió lo contrario: me felicitó por mi aparente osadía, me confesó que
jamás había entendido la mitificación de un texto cuya redacción había
sido «una improvisación permanente» y me advirtió con sentido del humor
sobre el peligro de decir la verdad en nuestro país.
Pues bien, la
verdad es que ninguno de los dos principales pilotos de la Transición
poseía rango de estadista ni gran profundidad de pensamiento a pesar de
contar con una indudable intuición política. No tenían la hechura de
fundadores de un nuevo sistema político, y, por tanto, abordaron el
futuro orden constitucional zigzagueando con tacticismo cortoplacista
sin tener una idea muy clara del modelo de Estado al que aspiraban.
La
Constitución sería de este modo negociada a puerta cerrada por los
representantes y correveidiles de los distintos partidos en discusiones
miopes (que veían bien de cerca y mal de lejos) realizadas
frecuentemente en entornos informales. Cuatro de los siete «padres» de
la Constitución, por cierto, contaban con sólo 38 años.
La
apariencia de consenso (aunque no fuera tal) les bastaba. La voluntad de
salir del paso en asuntos delicados la solucionaban acudiendo a una
dilatoria ambigüedad que posponía la resolución de nudos gordianos.
Finalmente, el exceso de representatividad otorgado a los partidos
políticos en detrimento del ciudadano, y el desproporcionado poder
regalado a la parcialmente subversiva oposición socialista (creada ex novo para la Transición), contribuyeron a la elaboración de un texto estatista, debilitador de la nación, dirigista y empobrecedor.
Desaciertos constitucionales
Podría
pensarse que el juicio crítico realizado desde la comodidad que otorga
el paso del tiempo puede resultar injusto, pero los pecados originales
de la Constitución ya fueron señalados por brillantes pensadores
coetáneos como Julián Marías o Gonzalo Fernández de la Mora.
El
primer gran error constitucional fue la creación del Estado de las
Autonomías y el ambiguo concepto de nacionalidades, una verdadera bomba
de relojería cuyo tic tac se oye cada vez con mayor nitidez. Hay que ser
torpe —o malvado— para romper una nación milenaria, pero eso fue
precisamente lo que facilitó la Constitución de 1978.
Creó17 reinos de
taifas sin que hubiera necesidad ni demanda popular que lo exigiera,
cada uno con su héroe inventado, su himno inventado y su bandera
inventada (con alguna excepción), sistema que dio alas al
independentismo y cimentó la dictadura regulatoria y el mastodóntico
tamaño de la Administración que hoy sufrimos.
Por otro lado, al no
acotar las transferencias competenciales a las Autonomías, puso en
marcha una fuerza centrífuga que transformó a las antiguas regiones en
entidades demasiado parecidas a naciones independientes.
Por otro
lado, el Estado de las Autonomías se convirtió en una agencia de
colocación que facilitaba a los partidos políticos multiplicar su poder y
plantilla. Como escribió Julián Marías en aquellos años, «no está claro
si los partidos se han hecho para el país o el país para los partidos».
Otro
gran desacierto de la Constitución consistió en elegir un sistema
parlamentarista en vez de un sistema presidencialista. Con ello promovió
la concentración de poder al fusionar el poder ejecutivo con el
legislativo y otorgar a ambos un control exagerado sobre el poder
judicial.
Así, el texto constitucional consagró que en España no pudiera
haber separación de poderes real. Este sistema, además, impidió el
establecimiento de una limitación de mandatos, facilitando la
perpetuación en el poder de cualquier líder medianamente carismático que
no tuviera oposición digna de tal nombre.
Asimismo, la
Constitución creó un Tribunal Constitucional politizado, hoy convertido
en una institución desprestigiada y disfuncional que bordea la
prevaricación con frecuencia. Del mismo modo, permitió que el Consejo
General del Poder Judicial dejara muy constitucionalmente de depender en
1985 —por iniciativa del PSOE— de los propios jueces.
A pesar de sus
promesas electorales, el PP se negaría en redondo a cambiar el sistema
cuando alcanzaba el poder con mayoría absoluta y se veía beneficiario
del sistema. El modelo bicameral también quedó sin sustancia, de modo
que el Senado se convertiría en una cámara superflua.
La
Constitución también pareció conformarse con la consolidación nominal de
la monarquía. Esta decisión dejó la jefatura del Estado monárquica —una
importante institución que podía convertirse en utilísima salvaguarda
del bien común de la nación precisamente por ser ajena a la colonización
partidista y no depender del voluble voto popular— en gran medida
carente de potestad.
En mi opinión, la elección de una jefatura del
Estado simbólica frente a una jefatura dotada de una potestad limitada,
pero operativa, fue una equivocación.
En otro orden de cosas, cabe
reseñar como error de la Constitución del 78 su indudable aroma
socialista, que le llevó a canonizar el intervencionismo estatal, a no
defender como sacrosanto el derecho de propiedad y a poner en marcha un
insostenible Estado de Bienestar.
Bajo su bonita máscara solidaria y
filantrópica, éste ha creado un sistema de control poblacional semi
totalitario que ha ido reduciendo la libertad personal, aumentando los
impuestos y debilitando la capacidad de creación de riqueza del
individuo.
Al ser financieramente insostenible, el sistema va camino de
quebrar al país en medio de un conflicto social e intergeneracional de
imprevisibles consecuencias. En el mismo sentido, la falta de limitación
de déficits públicos ―no resuelta por la enmienda constitucional del
2011― ha permitido la creación de un brutal endeudamiento que hipoteca
nuestro futuro.
Finalmente, otra gran debilidad constitucional fue
admitir la impunidad del poder ejecutivo-legislativo cuando vulnerara
la propia Constitución, haciendo que la clase política pronto le
perdiera el respeto.
Así, el gobierno de turno podía saltarse la
Constitución a la torera: si se salía con la suya ―cosa que era fácil si
controlaba el Tribunal Constitucional―, perfecto; pero si le pillaban y
recibía una sentencia condenatoria, pelillos a la mar. La
inconstitucionalidad de una ley no tiene consecuencia alguna para el
culpable, al contrario de lo que le ocurre al ciudadano que quebranta la
más mínima norma.
¿Qué hacer?
En
su discurso de hace más de un siglo, sir William Osler citaba a
Carlyle: «Nuestra principal tarea no es ver lo que se vislumbra
tenuemente a lo lejos, sino hacer lo que está claramente a mano».
Muchas
veces resulta complicado ver lo que tenemos en nuestra mano hacer, pero
sugiero comenzar por dar dos pequeños pasos siguiendo el ejemplo
presentado por el disidente checo Václav Havel en El Poder de los sin
Poder (1978), breve ensayo crítico con la tiranía comunista que por
entonces subyugaba Checoslovaquia.
Debido a sus actividades, Havel sería
encarcelado durante un lustro, aunque tras la caída del Muro, pocos
años después, se convertiría en presidente de su país. Nadie era
entonces capaz de preverlo.
En su ensayo, Havel creaba la figura
de un imaginario tendero sumiso frente a las autoridades comunistas.
Éstas le regalaban un cartel con un eslogan para que lo colgara en su
escaparate, propuesta a la que al principio accedía.
Pues bien, un buen
día el tendero se rebelaba y dejaba de exponer el eslogan, y no sólo
eso: también dejaba de ir a votar en elecciones que no eran tales y
comenzaba a decir en las asambleas lo que pensaba de verdad.
«Con esta
rebelión ―escribe Havel―, el tendero sale de la vida en la mentira;
rechaza el ritual y viola las reglas del juego; reencuentra su identidad
y su dignidad reprimidas; realiza su libertad. Su rebelión será un
intento de vida en la verdad».
Al hacerlo, el tendero no sólo ha dado un
paso individual, sino que ha hecho algo mucho más importante: «Ha
abatido el mundo de la apariencia, la columna que sostenía el sistema;
ha demostrado que la vida en la mentira es precisamente vida en la
mentira. Ha dicho que el emperador está desnudo».
Simpatizo
enormemente con esta expresión, pues el primer artículo que publiqué en
mi vida (Expansión, 2011) tenía ese mismo título. Pues bien, el primer
pequeño paso que podemos dar es seguir el ejemplo del tendero rebelde y
renunciar a repetir el eslogan de que el régimen constitucional de 1978
«ha sido el período de mayor paz y prosperidad de nuestra historia»,
porque no es verdad.
La realidad es otra: ha sido un período de relativa
depauperación y crecimiento muy mediocre, de decadencia social, de
enorme aumento en la presión fiscal, de enormes tensiones políticas y
territoriales y de un aumento de la delincuencia y de la violencia (para
encontrar los datos que respaldan estas afirmaciones me remito a mi
anterior artículo)[2].
Por otro lado, aludir a 1978 como si fuera el Big Bang o un amanecer
tras una larga noche en un país de tan larga y brillante historia como
España resulta grotesco y desprestigia a quien lo hace. Debemos defender
la verdad, pues sin verdad no puede haber libertad.
El segundo
pequeño paso que podemos dar es exigir al próximo gobierno, cuando
expulse por fin al psicópata (cuya última desfachatez es afirmar que «va
a dar con la verdad», él precisamente, del trágico accidente
ferroviario de hace unos días), que aborde una profunda reforma
constitucional. No se trata de reformar por reformar, sino de mejorar.
El éxito no está asegurado, pero quienes creen que acabando con Sánchez
se acaban los problemas se equivocan. El problema es sistémico, y el
psicópata es sólo un reflejo extremo, patológico y quién sabe si incluso
presuntamente delictivo de ello, pero no su causa última.
Como
recordaba Montesquieu, tras el advenimiento del Imperio, la República
romana nunca sería restaurada porque «los golpes se daban contra los
tiranos, no contra la tiranía».
Desde hace unos años, hemos
perdido la más mínima decencia en el gobierno de la nación, que ha
dinamitado el Estado de Derecho y arrasado con toda noción de bien y de
verdad, pero llevamos décadas perdiendo el concepto de bien común, el
ethos compartido que nos une como nación, enormes grados de libertad
personal y el respeto por nosotros mismos, y, con ello, estamos
perdiendo la esperanza. Sin embargo, debemos luchar por mantenerla.
Como
decía Havel, podemos salir de la vida en la mentira; reencontrar
nuestra identidad y dignidad reprimidas; realizar nuestra libertad;
abatir el mundo de la apariencia; vivir en la verdad. Esta España es
posible.