CÓRDOBA.- Un estudio de la Universidad de Córdoba (UCO) ha revelado un 'cóctel' de
contaminantes en cuatro especies de peces en el mar Mediterráneo, en
concreto, el jurel, la sardina, el salmonete y la merluza, que presentan
químicos plastificantes, productos farmacéuticos y restos industriales,
además de compuestos metabolizados que no habían sido estudiados antes.
Así lo señala la UCO en una nota en la que remarca que el Mediterráneo
es "un punto crítico de contaminación marina", donde la presión
antropogénica derivada de la sobrepoblación, el turismo masivo o el
tráfico marítimo, sumados a su condición de cuenca semicerrada, hace que
sus aguas se vean afectadas principalmente por microplásticos y
sustancias químicas tóxicas, procedentes también de plantas de
tratamiento de aguas residuales, escorrentía agrícola e industrias.
Entre los principales contaminantes detectados en el mar
Mediterráneo se encuentran productos farmacéuticos, plastificantes,
retardantes de llama (químicos que se añaden a los productos textiles,
electrónicos o plásticos para inhibir o retrasar los procesos de
combustión), productos de cuidado personal, lubricantes, filtros UV o
sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS), conocidas
como 'químicos persistentes' por su enorme resistencia a la degradación.
Esos contaminantes presentes en el agua, que degradan y alteran el
ecosistema, son consumidos por los peces que viven y se alimentan en
ella.
Un estudio de la Universidad de Córdoba ha analizado la
presencia de contaminantes en varias especies de peces comestibles del
Mediterráneo, a fin de comprender con mayor profundidad el cóctel de
sustancias químicas al que están expuestos, en última instancia, los
consumidores de pescado.
El trabajo revela la presencia de una elevada
carga de contaminantes emergentes y de sus metabolitos en cuatro
especies de peces mediterráneos muy habituales en la dieta mediterránea:
el jurel, la sardina, el salmonete y la merluza.
Cada uno de
ellos presenta una mezcla química propia, consecuencia de su naturaleza y
hábitos, que a tenor de este estudio resulta más compleja de lo que
habitualmente se monitoriza.
Desarrollado por Ayman N. Saber,
Noelia Caballero Casero y Soledad Rubio, del Departamento de Química
Analítica del Instituto Químico para la Energía y el Medioambiente
(Iquema), la investigación ha sido publicada en 'Journal of Hazardous Materials' y pone el acento en los metabolitos, el producto del
'procesamiento' del contaminante por parte del pez, cuyo impacto en la
salud humana está mucho menos estudiado y documentado en las
evaluaciones de seguridad de los productos alimenticios.
Para
el estudio se desarrolló una plataforma de análisis mediante cribado de
sospechosos (una técnica que permite buscar un conjunto amplio de
sustancias susceptibles de estar presentes en una materia, sin tener que
analizarlas una por una) basada en la extracción con disolventes
supramoleculares y en cromatografía líquida acoplada a espectrometría de
masas de alta resolución.
En este caso, contaban con una
relación de alrededor de 11.000 sustancias posibles, entre contaminantes
originales y metabolitos derivados.
En los 120 especímenes de las
cuatro especies estudiadas se detectaron 81 compuestos pertenecientes a
diversas categorías: plastificantes, retardantes de llama, pesticidas,
productos farmacéuticos y drogas ilícitas, productos de cuidado
personal, así como compuestos industriales y de otras procedencias.
De ellos, casi la mitad eran metabolitos de los que, en muchos
casos, no se hallaron restos del contaminante original. Una de las
aportaciones más relevantes del estudio fue la predominancia de
metabolitos metilados, algo que llama especialmente la atención porque
la metilación no se considera un mecanismo habitual de detoxificación en
los peces.
Por eso, el equipo propone investigar de dónde proceden esos
compuestos y cómo se forman.
Que un contaminante se haya
detectado en un pez no significa que comerlo vaya a causar un problema
de salud, si bien es fundamental estudiar su impacto y los posibles
efectos.
Por eso, los resultados de este trabajo ponen de manifiesto la
necesidad de avanzar en el conocimiento para obtener una imagen más
realista de la contaminación de los productos del mar y del riesgo de
exposición humana.
Los investigadores explican que, pese a que habitan las mismas aguas, el
'cóctel' de contaminantes varía notablemente entre las distintas
especies en función del hábitat, las estrategias de alimentación o las
vías de exposición.
Por ejemplo, el jurel se alimenta tanto de presas
pelágicas (las que viven en la columna de agua o en la superficie) como
bentónicas (las que lo hacen en el fondo marino, en contacto con los
sedimentos), lo que explica el amplio espectro de contaminantes que
presenta entre los que destacan plastificantes, compuestos industriales y
pesticidas.
Por el contrario, el salmonete, que remueve el
sedimento para encontrar comida, se ve más afectado por la contaminación
de las zonas costeras, presentando plastificantes y productos
farmacéuticos.
La merluza, el depredador situado en el nivel trófico más
elevado del estudio, registró menos volumen de contaminantes pero más
presencia de sustancias industriales persistentes, difíciles de
degradar.