lunes, 24 de febrero de 2020

Un pequeño paso para Casado pero un gran salto para el centroderecha / Eduardo Inda *

Alfonso Alonso, ese hombre, debería estar preocupado. Cuando te elogian, te aplauden y te ensalzan unánimemente todos los enemigos de tu partido, de tu ideología y hasta de ti mismo es para hacértelo mirar. Algo estás haciendo mal. O, mejor dicho, lo estás haciendo rematadamente bien… pero para los intereses del adversario. Está por ver que uno solo de los comentaristas, contertulios y políticos que jalean al perdido personaje sea del ámbito liberal o, simple y llanamente, conservador. 

El vitoriano se ha convertido en una suerte de caballo de Troya que amenaza con llevarse por delante lo poco que queda de un partido que, no lo olvidemos, logró 19 escaños en 2001 con el insuperable Jaime Mayor Oreja y a punto estuvo de conquistar la Lehendakaritza de la mano de ese otro gran constitucionalista que es Nicolás Redondo Terreros.

Un Nicolás Redondo al que se fumigaron precisamente por eso: por estar del lado de quienes defienden la Carta Magna y el Estado de Derecho en general en territorio comanche. Luego es obvio que la deriva anticonstitucionalista del Partido Socialista de Euskadi no es cosa de Pedro Sánchez sino que, para ser más exactos, la parió José Luis Rodríguez Zapatero y la está rematando con precisión de relojero suizo el actual presidente del Gobierno y caudillo de Ferraz. 

Algo parecido a lo que quiere hacer el presidente del PP vasco, que no disimula lo cachondo que le pone relativizar el nauseabundo rol que ha jugado el antecedente de Bildu, Batasuna, en el País Vasco en las últimas cuatro décadas. Que no era otro que señalar los objetivos que debía rematar la banda terrorista ETA.

Siempre he pensado que Borja Sémper es un buen tipo y un político que entiende mejor que nadie las nuevas tendencias de la política, basadas en las redes sociales y en un cierto toque modernito en las formas. Pero aluciné cuando hará cosa de unos siete años se descolgó con una frase que parecía salida de ese hijo de Satanás que es Otegi: “El futuro del País Vasco hay que construirlo con Bildu”. 

Lo desafortunadamente normal en una formación, el PP vasco de la era Rajoy, que venía haciendo de las suyas desde 2008 cuando echó por la puerta de atrás a lo mejor de lo mejor: María San Gil. Un partido que jamas debe olvidar el coste que ha tenido para ellos defender la democracia en Vizcaya, Álava o Guipúzcoa, entre otras cosas, porque les han matado a más gente que a nadie.

El epítome de esta deriva lamentable llegó hace nada, el 12 de julio del año pasado. Ese día de la infamia el PP guipuzcoano votó “sí” a que el partido de ETA, Bildu, presida la Comisión de Derechos Humanos de las Juntas Generales de Guipúzcoa. Esto es como si el Tribunal de Núremberg lo hubiera presidido Adolf Hitler redivivo o Eichmann recién traidito de Argentina. 

Antes Alonso nos había sorprendido con imbecilidades manifiestas, como esa petición de “federalizar” al PP vasco o esas declaraciones en las que se autodefinía como “patriota vasco y patriota español”. Olvidó el genio alavés que sólo hay una patria y que patriotas vascos, “abertzales” más bien, es como se definen los miembros de Bildu y de ETA. 

Por no hablar de su indecente decisión de asfixiar a la Escuela de Verano Miguel Ángel Blanco. El nombre de esta maravillosa iniciativa de las Nuevas Generaciones lo dice todo acerca de la catadura moral de nuestro protagonista.

Por todo ello, y por su apoyo incondicional a Soraya Sáenz de Santamaría, Alfonso Alonso debería dar gracias a Dios y besar por donde pisa Pablo Casado por haberle mantenido como candidato del PP vasco pese a que en 2016 llevó al partido a los peores resultados de la era moderna. No entiendo yo a santo de qué viene el pollo que está montando por la coalición electoral que se ha forjado con Ciudadanos para las autonómicas vascas y que presumiblemente será el inicio de grandes cosas. En lugar de estarse calladito, monta el pollito. 

El todavía presidente del PP regional mantiene que carece de sentido porque Ciudadanos no es nadie en el País Vasco. Tan cierto como que si esa alianza se hubiera producido para las generales, Maroto no se hubiera quedado sin escaño en el Congreso de los Diputados en favor de los proetarras.

José María Aznar tuvo que hacer de la necesidad virtud, con infinidad de gestos al centro para centrar un partido que, no lo olvidemos, procedía de la derechona de Manuel Fraga. Meter a ucedistas de pro como Arias-Salgado, Mayor Oreja o Javier Arenas requirió algún que otro sacrificio de históricos de AP y, aunque a corto plazo no se vieron los resultados, a largo fue la clave de un éxito que se resume en la derrota de Felipe González en 1996 y la mayoría absoluta de 2000.

La unión hace la fuerza o concordia res parvae crescunt que decían los clásicos. Lo del País Vasco no es, como están haciendo ver los opinadores del pensamiento único izquierdista, un capricho de Pablo Casado o una puñalada a Alfonso Alonso por haber respaldado en el Congreso del PP de 2018 a la persona que hundió para mucho tiempo un partido con vocación mayoritaria, un partido que aglutinaba desde el centro a las posiciones más conservadoras y carcas de la derecha en materia social. La UCD en versión moderna, en definitiva. La entente PP-Cs es el final del principio, que no el principio del final, de un camino que ha de acabar sí o sí en Moncloa.

A ver si se enteran los enemigos del centroderecha y los tontos útiles a su servicio: lo de menos es un País Vasco que está perdido de momento para el constitucionalismo. Digo de momento porque el día que reflote sus señas de identidad, mandando al basurero el relativismo ético y político, volverá la pasión electoral y consecuentemente los votos. Ni siquiera es una cuestión catalana teniendo en cuenta que las encuestas otorgan a Ciudadanos aún menos escaños que al PP. 

Es un asunto nacional. Porque si se reconquista el Gobierno de España, será mucho más sencillo recuperar plazas como Aragón, Cantabria, Asturias, Comunidad Valenciana, Canarias e incluso una Extremadura en la que el PSOE va a sufrir de lo lindo por esa demagoga chapuza del Salario Mínimo Interprofesional que ha destrozado el sector agrario de la región.

Nunca seguramente tuvo tanto sentido la tan manida como incontrovertible frase de los economistas de toda la vida: “Lo que no son cuentas, son cuentos”. Subraya esa legión de contertulios izquierdosos que Ciudadanos tenía mucho voto socialdemócrata porque el partido lo fundaron tipos procedentes de ese ámbito ideológico como Antonio Robles, Francesc de Carreras o el propio Girauta. Olvidan deliberadamente que el que metió al partido naranja de hoz y coz en el centroderecha fue su líder bonito, el individuo que lideró con puño de hierro la formación hasta la derrota final, Albert Rivera.

Y las estadísticas tampoco mienten. Mariano Rajoy se metió en el bolsillo 10.866.588 votos en las generales de ese 20-N de 2011 que, visto lo visto, con esos 186 pedazo de escaños, fue la gran oportunidad perdida para acometer las grandes reformas que este país necesita y para deshacer las incontables barrabasadas zapaterianas. La suma de PP, Ciudadanos y Vox dio algo más de esa cifra, no mucho más, en abril del año pasado: 11.160.000 papeletas. 

Y en noviembre los guarismos se redujeron ostentóreamente, que diría Jesús Gil, pero porque la participación total cayó a plomo fruto del hartazgo electoral y por la espantada de cerca de un millón de electores —que se dice pronto— de Ciudadanos que en lugar de decantarse por el PP o por Vox se quedaron en casa. La derecha se anotó 10.296.000 apoyos en las urnas el 10-N. Todo lo cual demuestra que los votos de PP, Cs y Vox forman vasos comunicantes, vamos, que son la misma cosa. Es, básicamente, un sufragio transversal que se va moviendo de partido en partido en función de las sensaciones.

Dicho todo lo cual una cosa está clara: si hubieran concurrido juntos a las urnas en abril, no tendríamos que soportar el Gobierno que nos ha caído en desgracia con los comunistas bolivarianos llevando la voz cantante y mandando mucho más de lo que en el peor de nuestros sueños pudimos imaginar. Y digo sólo abril y digo bien porque no hubiera hecho falta repetir los comicios por una sencilla razón: la derecha tendría mayoría absoluta en el Parlamento.

El acuerdo preelectoral PP-Ciudadanos seguramente es un pequeño paso para Pablo Casado, porque lo del País Vasco está complicado con este cabeza de cartel, pero indiscutiblemente será un gran salto para un centroderecha que está que trina con este Ejecutivo socialcomunista que quiere imponer el pensamiento único, que se cargará la economía y que hará saltar por los aires la unidad nacional. Éste es el camino. No será fácil, Pero no hay otro.


 (*) Periodista


No hay comentarios:

Publicar un comentario